Friday, 9 July 2010
Que no me callooooooooooo!!!!!!!!
Almuñecar (Granada) 4 de julio de 2010. No juega España y se han acabado las fiestas de la Colonia Taramay. 35 grados con sensación termina de 2.000, Dos de la mañana.
Parece que hoy nos vamos a acostar temprano; hemos recuperado a Leela y los niños están algo más calmados, aunque el disgusto ha llevado a Dieguito a ponerse enfermo con fiebre y Mani sigue chupándose el culo con fricción (igual es estrés postraumático). Leemos un ratito en la tranquilidad del porche y, pese al asfixiante calor y al compás relativamente uniforme de los grillos, consigo dormir del tirón una horita y media. Me despierta al borde de las cuatro de la mañana el grito desesperado de un gallo. Sí, han leído ustedes bien, cuatro de la mañana y un gallo, dos factores relativamente nimios, pero con consecuencias demoledoras.
Resulta que, desde mi primera visita a la casa de mi suegro en Almuñecar e incluso desde mucho antes si hacemos caso de la leyenda que cuentan los Najarro, un puto gallo con los biorritmos cambiados tenía la pésima costumbre de cacarear mucho antes del amanecer. El gallo en cuestión, probablemente de origen islandés - explicaría los desajustes horarios- o invidente - ayudaría también a entender la dificultad para distinguir la noche del día - debe haber muerto hace años. Sin embargo, probablemente aleccionados por él, todos sus descendientes y vecinos con cresta heredaron tan extraordinaria costumbre constituyendo una de las insólitas características que, junto con los aguacates y las chirimoyas, configuran las peculiaridades de ese rincón tropical llamado Almuñecar. Adoro los aguacates y no comparto, aunque entiendo, que las chirimoyas pueden ser consideradas un manjar único, pero soy también de los que piensan que todo tiene un justiprecio.
Por tratar de hacer la descripción breve y suficientemente explícita imaginen un calor de tal magnitud que hasta un mosquitofóbico como yo necesita dormir con las ventanas abiertas en una zona en la que los chupasangres apenas pueden volar de la carga que soportan. Imaginen también que el valle en el que se asienta la casa tiene un efecto eco espectacular y que, además, está poblado por abundante fauna entre perros, gatos, gallinas, conejos, palomas, salamandras, arañas multicolor… y gallos.
El primer cocorocó es inmediatamente seguido por otro exactamente en la misma nota pero e distinto tono, éste a su vez es contestado por el primero, replicado por un tercero y así sucesivamente. Al mismo tiempo, los perros, animados por la jam session de los pollos se suman con un festival de ladridos y/o aullidos que son, como no, respondidos por algún que otro maullido de un valiente gato arrabalero. Esta noche, en el cénit de la locura insomne, llegué a contar hasta 30 ladridos, aullidos o cacareos en un minuto, uno cada dos segundos. Pese a dormir en la parte de la casa menos expuesta a los ruidos, los niños acaban también por despertarse y comienza entonces un trasiego en bucle de una cama a otra buscando consuelo para retomar el sueño en la disneylandia de Le Coq Sportif.
Mi cuñado Paco, siempre ágil de mente, se divertía en verano pensando distintas formas de acabar con el gallo y, de paso, permitía al resto exorcizar sus demonios imaginando al pollo en combustión espontánea en el microondas, reventando tras ingerir trigo almidonado, aplastado por un aguacate gigante, sirviendo de alimento al hombre lobo de los Guajares o destrozado por el certero disparo de un tirachinas que, pese al ingenio de Paco, nunca llegó a tener la tensión necesaria.
Olivia, que fue la última en levantarse esta mañana tras retomar el sueño alrededor de las ocho de la mañana cuando, por supuesto, todos los gallos echaban su siesta borreguera, nos sorprendió a todos: "Esta noche estaba escuchando al gallo y me parecía que decía quequenomecalloooo". ¡Viva España y las vacaciones!.
Tuesday, 11 May 2010
Gimnasio Maragato
Llegados a este punto, el café y el donut ya han recorrido gran parte del camino inverso hacia mi garganta tal vez ayudados por el intenso olor a gasoil que dejó nuestra última visita a la gasolinera. Apenas podía distinguir las repetitivas construcciones maragatas de los últimos pueblos antes de llegar a nuestro destino embriagado por una desagradable sensación de mareo, naúsea y dolor de vientre. Pero lo peor estaba aún por llegar. La temida e inevitable entrada en la carnicería, que cedía amablemente a Marta antes de que el viaje se convirtiese en “cosa de hombres”, me hace involuntario espectador de un gore en 3D y Odorama. No sé si me desagrada más contemplar las piezas de carne sanguinolenta o el intenso olor a cadáver vacuno que invade una estancia adornada por media docena de ganchos de acero, afortunadamente libres de peso.
La impresión es relativamente menor que en otras ocasiones ya que habíamos realizado un pedido anticipado, de forma que los ochocientosmil kilos de picada, solomillo o morcillo previstos estaban convenientemente preparados en bolsas blancas relativamente discretas para los poco curiosos. Claro que David, que pese al increíble precio del material había gastado la mitad del salario mensual en piezas vacunas, todavía quiso regalarse un par de corderos lechales que, estos sí, fueron convenientemente cuarteados, momento en el que aproveché para salir, no fuera a ser que un burro nos aparcase en doble fila o algún peregrino hambriento en plena ascensión en el corazón del Camino de Santiago, se abalanzase cegado por el cansancio sobre el apetitoso maletero.
Cuando paso a cerrar mi cuenta, el carnicero me entrega una bolsa – esta sí, sangrante - en la que, se empeña en detallar, van las cabezas (con sus ojitos, lengüecitas y dientecitos) de los dos corderos que David se ha dejado olvidadas. No sé cómo consigo recorrer los cinco metros entre la tienda y David y entonces sí, necesito un poco de espacio para vomitar.
El camino de regreso a Astorga me resulta algo más llevadero al volante de la batidora – al menos soy yo el que provoca los bandazos y apenas me llega el olor de los arcones que viven en el maletero–. Una vez en la Emérita Augusta continúa el festival del consumo con la visita a nuevas carnicerías en las que son especialistas en chorizos, carne de buey y arreglos para el cocido. Veinte kilos de bolsas y un par de cañas después, nos apresuramos en cumplir con lo que ya se ha convertido en una tradición para el grupo de amigos que hacemos frente común en la Causa Carnívora Leonesa. Se trata, ni más ni menos, que de la ingesta de un descomunal cocido, con sus descomunales raciones de bola, oreja, tocino, morro, morcillo, chorizo, gallina, garbanzos, sopa… De entrada, el peculiar orden de los platos me descoloca –No me acostumbro a calcular el hueco que tengo que dejar para la postrera sopa – pero es que, además, engullimos como si el mundo fuese a acabarse esa misma tarde. El donut con café vomitado en la aldea al borde del Teleno queda tan lejos y el cocido me gusta tanto, que devoro casi hasta la loza del plato y, por supuesto, doy buena cuenta de las tradicionales y energéticas natillas con bizcocho poco antes de caer en la trampa de la “digestiva” tacita de queimada.
Ligeramente ebrios y extensamente gordos salimos del Mesón con la sensación de haber acumulado calorías como para hibernar dos años y gases como para cerrar el espacio aéreo europeo durante dos semanas – Me río yo de las cenizas volcánicas-.
En la, también tradicional, visita a los gentiles y hospitalarios padres de Toño, ponemos a prueba la capacidad muscular de la pared estomacal tomando otro cafecito, un licorcito y, algunos, hasta un bombón que, por cierto, nos recuerda que todavía debemos hacer una visita más al centro para comprar – cómo no- el chocolate terroso y las mantecadas típicas de la bella ciudad de la que por cierto, jamás visitamos la Catedral, salvo que esté confeccionada con elementos del ganado.
Con la excusa de que el último chupito de licor de café me sentó ligeramente mal, delego mi participación en el planner de conducción para la vuelta a casa confiando en que podré echar una siestecilla que aplaque mis ganas de morirme.
Pero el maletero que antes desprendía un sutil aroma a chorizo parece ahora una delegación del Matadero Municipal y tanto mis compañeros de viaje como yo apenas podemos reprimir unos pedos a medio camino entre el garbanzo y el repollo y unos regueldillos con sabor a chorizo conservado en alcohol. De esta me hago vegetariano, pienso mientras rememoro una imagen que por poco borra el resto de los recuerdos de tan estimulante viaje: Gimnasio Maragato, rezaba el cartel.
Monday, 26 April 2010
Más almas, como la de Rafa
Resulta que las guitarras, ignorante de mí, también tienen alma y no en el sentido metafórico. Se trata de una varilla que ayuda a modificar la curvatura del mástil en algunos instrumentos de cuerda. Como en la humana, es recomendable que en el alma de la guitarra sólo escarben los profesionales, habida cuenta de la extrema sensibilidad y consecuencias de cualquier reajuste. Sospecho que, de una u otra forma, las almas de guitarra y guitarrista tienden a entrelazarse estrechamente por lo que igual debería plantearme visitar también a Vicente a las sesiones de terapia para tratar de equilibrar los estados de ánimo.
Friday, 12 February 2010
Quinientas almas

A mediados del siglo pasado un médico británico presentó un estudio que concluía que, en el momento de la muerte, el cuerpo humano perdía exactamente 21 gramos de peso, lo que le llevó a elaborar la esotérica, novelesca y cinematográfica teoría de que la pérdida de lastre corresponde al abandono del alma.
No tengo ni los conocimientos científicos ni la osadía de rebatir tamaña teoría, pero sí la humilde sensación de que mi cuerpo aloja un alma infinitamente más pesada.
Recientemente me contaron el desgraciado caso de un señor al que tuvieron que realizar una especie de liposucción post mortem para poder encajar su cuerpo sin vida en un ataúd estándar. Probablemente se trataba de un alma igual de estándar y que refrenda la teoría. Yo, que soy un cabezota irremediable, tengo curiosidad por saber qué aspecto tendré en el momento de mi muerte por que sospecho que podría perder aproximadamente la mitad de mi masa corporal, aunque a la hora de eliminar mis restos resultará bastante irrelevante ya que espero que se cumpla mi voluntad de ser incinerado.
El sueño, el estado humano más similar a la muerte, me resulta particularmente liberador y no exactamente en el sentido físico. Cuando me siento triste o presionado y el diabólico ritmo de trabajo me lo permite, me gusta dormir. Pero lo hago simplemente por la necesidad de escapar de mi mismo, de apagar el interruptor. Aunque no tenga sueño y haya dormido hasta las once de la mañana, tengo el superpoder de convocar esta especie de muerte en vida durante 48 horas seguidas. Si tengo la desgracia de que alguna inoportuna pesadilla interrumpe mi trance, utilizo mis poderes para volver a esta especie de suicidio temporal. Sólo entonces, mientras mis niños comentan asombrados la longevidad de mi reposo, me siento verdaderamente liviano. Yo creo que en tan gratos momentos no sólo es mi alma la que se emancipa, también salen de farra las otras que me atenazan día a día y que, por este concepto jesuítico de la culpa, acepto llevar conmigo sin que nadie me lo haya pedido.
Monday, 1 February 2010
Un día perfecto para el pez plátano

La artrosis llevó a Sybil a aquella playa 70 años después. Había reservado la 507, en el quinto piso. Antes de enfundarse el albornoz rastreó en busca de un aroma enterrado bajo miles de lavados. Bajó descalza al vestíbulo. El piano y la Sala Océano habían desaparecido. Paseó por el borde firme de la playa hacia el pabellón de los pescadores. No había castillos de arena ni clientes en esa época del año. Fuera ya de la zona reservada a los huéspedes del hotel escudriñó en su memoria antes de elegir un trozo de arena en el que depositar el albornoz plegado, primero a lo largo, y después en tres dobleces.
Cuando el agua le llegaba a la cintura, creyó sentirse sujeta por las suaves manos de Seymour. “Hace un día perfecto para el pez plátano”, pensó antes de perderse en la inmensidad del horizonte.
El jueves 28 de enero falleció J.D. Salinger tras sobrevivir 91 años al suicidio.
Monday, 25 January 2010
Por el culo te la hinco

Acababa de cumplir los 45 y podía considerarse un tipo afortunado. Es cierto que tuvo una adolescencia jodida al estar entre los 20.000 afectados por la enfermedad del síndrome tóxico servida en garrafas de cinco litros y cero escrúpulos. Tuvo que superar la muerte de su viejo, prematuramente fulminado por un ataque cardiaco quién sabe si provocado también por los efectos en sus arterias de la mayor intoxicación alimentaria que se recuerda en España. Un par de infartos con una intervención en la que hubieron de practicarle un triple bypass quizás fue también cuestión de diabólica estadística. Pero los médicos también concluyeron que era un hombre abonado a la suerte y rechazaron tajantemente cualquier tipo de minusvalía.
El miércoles, cuando su jefe le invitó a compartir taxi para acompañarle a la nueva sede del estudio, recientemente fusionado, también creía estar apoyado en el quicio de la suerte. La conversación durante el corto trayecto que les separaba de las nuevas oficinas fue trivial. El tiempo, la carga de trabajo, los nuevos proyectos, las sinergias ... Después de haberse sentido relegado ante el disgusto que provocó en la dirección su decisión de reducir la jornada con el noble objetivo de cuidar las arterias y quizás vivir unos añitos más, la jefatura le devolvía la palabra, incluso amablemente. Pero el trato entre iguales y la aséptica recepción del flamante edificio escondían de nuevo una perversa estadística. “Aquí te dejo con estos señores”, le dijo el jefe tras abrir la puerta de un infierno habitado por dos demonios disfrazados de abogados y la responsable de recursos humanos.
Esta vez el ratio de probabilidades era mucho más alto. “Uno de cuatro millones, vamos mejorando”, pensó.
Para los satánicos dueños de su destino, la cifra mágica de los cuarenta y cinco fue más que suficiente. Se había aficionado a los sondeos y, a sus cuarenta y cinco años, le dio por ponderar si cuarenta y cinco era una buena cifra. En un primer impulso habría descerrajado cuarenta y cinco tiros con un arma calibre cuarenta y cinco, pero se lo pensó cuarenta y cinco veces y decidió aceptar los cuarenta y cinco putos días por año.
A la vuelta optó por recoger en silencio el escritorio y dar de nuevo la cara a un destino que, estadísticamente, sólo puede mejorar.
Thursday, 14 January 2010
Nueve razones
En realidad yo nunca quise un perro. Marta, que por lo visto me conoce mejor que yo mismo, intuyó mis ansias de paternidad cuando me regaló a Tambor, aunque durante meses yo no sentí mucho más que pena y angustia por la enorme responsabilidad de criar y mantener a un bicho que olía a pis, tomaba biberón y se pasaba noches enteras gimiendo como un violín en manos de un novato.
Tampoco quería un segundo perro, aunque Marta también entrevió en mi capacidad cognitiva la conveniencia de adoptar un segundo perro que mitigase nuestras largas ausencias y sustituyese el reloj envuelto en la manta por un latido real.
Pero los miedos y las preguntas de los niños cuando Gus murió aplastado por el cáncer y la pena unos meses después de la torsión de estómago que nos llevó a sacrificar a Tambor me llevaron, quizás, a adelantarme a la visionaria Marta y traer a casa a nuestra actual perra.
El hecho de elegir una hembra no fue irreflexivo. Buscaba un poco menos de testosterona para evitar encontronazos, no tanto con otros perros, como con sus caseros humanos. Pero, cuando pensaba que por fin había encontrado por mí mismo las ganas o el poder de decisión, descubrí que en realidad se me había olvidado lo más importante. Mani tenía que ejercer, obviamente, su condición de hembra.
Traté de creer que en realidad no quería de ninguna manera soportar una gestación y sobre todo la cría de un puñado de despiadados esfínteres libres y roedoras fauces en una casa que, por otra parte, acababa de sufrir una reforma bestial. Pero en realidad, sí, coño, cómo iba a privar a la perra del instinto maternal y a los niños de enriquecerse con semejante experiencia. Cómo no me habría dado cuenta. Yo, que ni siquiera pude contemplar el nacimiento de ninguno de mis hijos y que me mareo con la simple visión de una herida, contemplé durante nueve larguísimas horas el agonizante parto de Mani. Nueve cachorros, nueve cordones cortaros de un certero mordisco, nueve bolsas, nueve placentas, nueve brotes de sangre...
Y sí, claro, los niños contemplaron alguno de los nacimientos, han conocido las maravillas de la naturaleza, se han sorprendido con el instinto protector de Mani, han cambiado su consideración sobre la perra....
Pero también han sufrido el lento desfile de los cachorros a otras casas, la despiadada presión sobre una perra que ha pasado de gacela a vaca lechera, la infinita capacidad intestinal de las dulces bestias y, sobre todo, un hedor que ni siquiera las Rindra, Ljuv, Tjlavi y otras quince velas impronunciables del puto Ikea son capaces de eliminar. Claro que, igual no conozco tampoco la capacidad de mi pituitaria, seguro que me dejo algo importante. Gracias Marta por guiarme en un yo que desconozco.
Friday, 25 September 2009
Envido al juego con 33

Estaba habituado a perder, pero no le gustaba. Subir la apuesta simplemente aumentaba el quebranto. Empezó a pensar que quizás el hecho de que jugase con cartas descubiertas en una mesa en la que todos tapaban sus naipes explicaba en parte su mala fortuna.
Friday, 14 August 2009
Big Brother Deluxe

Hace unos meses abrieron un restaurante junto al museo de escultura abstracta bajo el puente de Juan Bravo que, por cuestiones de logística, se ha convertido en nuestro comedor de referencia. Está a apenas 100 metros de la oficina y puedes comer razonablemente rápido y sano. Aunque el local es bastante angosto y cicatero con el espacio (llegamos a comer seis en una mesa justita para cuatro), abrieron una terraza amplia al aire libre. Resulta un poco más caro que la media de la zona, pero la desconexión y el divertimento están plenamente garantizados. Resulta que los habituales del lugar ofrecen un espectáculo acojonante, particularmente para quienes, como el niño Andrés y el resto de nosotros, en mayor o menor medida, no podemos evitar atender a las conversaciones ajenas.
Media docena de bronceadísimos jóvenes, casi con toda seguridad empleados en un banco de inversión, lucen sus inmaculados trajes en una mesa próxima a la nuestra. Unas pulseras de nudos, dos de ellas con un bordado imperfecto de la bandera de España, y un pelo ligeramente largo por atrás y peinado de lado se empeñan en demostrar que, pese a su oficio, son personas libres, a lo mejor hasta un poquito “jipis”. El más joven lleva la voz cantante, habla de un fin de semana increíble en el coto de su papi. No distinguimos con exactitud todos los tramos de la conversación, pero deducimos que le gusta más matar lombrices – tal vez fueran perdices- que comérselas. También que tan divertida actividad está reservada a los varones. “No hodasssss, no, no, mi chica se quedó en Madridddddd” “Las únicas mujeres que pisan el coto son las mucamassss”.
Con casi 40 grados a las dos y media de la tarde deciden quitarse las chaquetas – No lo oímos, pero lo han pactado, seguro, porque se levantan todos a una para realizar el mismo movimiento-. El cazador de lombrices lleva unos hermosos tirantes, como los de Gordon Gekko en Wall Street y comparte con el resto bonitos bordados con sus iniciales en la camisa.
Ya sin chaqueta, visiblemente más cómodos, viran la conversación hacia el fascinante mundo de los viajes. Se ve que el más dorado de ellos ha estado de vacaciones en Saint Tropezzzzzzzzzz. Comienza entonces una surrealista pelea de egos. Para nuestra sorpresa, el cazador de lombrices queda KO en la primera ronda tras cometer el fatal error de mencionar que una vez estuvo en Benidormmmm (Muy mal, chato, muy mal, mira que pasar del coto a Benidormmm). Uno de ellos se retira directamente, se ve que era el becado del IESE y no se atreve a confesar que pasó los últimos veranos remando en el lago del Retiro con ocasionales excursiones, tortilla en ristre, al Valle de los Caídos. Pero los cuatro que restan son duros, expertos en el cuerpo a cuerpo. - ¿Nueva York?. Pues toma Brno. ¿Iguazú?, pues trágate este República del Congo. Tras recorrer los continentes en un período récord, el más maduro se convierte en claro ganador. “El campo base del Everest, eso sí que es un “must””. Un upper cut de libro que deja tumbados a los tres contrincantes. Ya embriagado por el triunfo, decide lucirse. “El polo es otro must, nadie debería morir sin visitarlo” afirma dejando a los contrarios boquiabiertos y a nosotros, pobres paletos, preguntándonos a qué clase de polo se refería. El Frigo Pie, para Andrés, aunque Feli prefiere el mítico Drácula.
Por más que buscamos no hemos conseguido encontrar las cámaras, probablemente escondidas entre las plantas, las sombrillas o en las bandejas de los camareros. Por si acaso, nosotros usamos nombres falsos, no nos quitamos las gafas de sol e impostamos la voz cuanto podemos.
Wednesday, 12 August 2009
El Grito

Quebró el silencio y la rutina que acompañan mis largas noches de insomnio con un grito aterrador. Subí las escaleras de dos en dos para constatar que el motivo de su ansiedad era de carácter reservado. Envidié su desazón. Hace una eternidad que la bestia que vive en los sueños no me visita
Tuesday, 9 June 2009
¿Más té, más café?

En primera clase un par de ejecutivos con el éxito dibujado en el rostro apuraban las reservas de vino y marisco que transportaba el avión; un cuerpo de sinuosas curvas dormitaba en el asiento delantero adosado a una hembra treintañera. Tres azafatas, una por pasajero, se desvivían por hacer su viaje a bordo lo más placentero posible.
Una fina cortinilla separaba a los viajeros selectos de los de la clase turista. Aunque el espacio entre asientos apenas dejaba sitio para estirar las piernas, el Airbus-321 sólo estaba ocupado en una cuarta parte y la mayoría de los viajeros podían reclinarse cómodamente sobre dos o tres asientos. La pasajera del asiento 28 C tenía incontinencia urinaria, quién sabe si nasal, y visitaba cada 20 minutos el aseo situado en la parte central del aparato. El del 23 A estaba sufriendo uno de sus ataques de pánico, a pesar de la generosa dosis de Lexatin que se metió entre pecho y espalda. En la fila 14, una pareja trataba infructuosamente de acallar el llanto de un bebé que no iba para piloto. Dos filas más atrás, un anciano de gesto adusto pulsaba repetidas veces el botón de aviso de las azafatas encontrando en cada ocasión un motivo distinto para recordarles que la calidad del servicio dejaba mucho que desear y amenazarles con presentar una queja por escrito.
Amama y Manoah no estaban muy cómodos y aunque el resto del pasaje no habría dudado ni un momento en calificarles de salvajes, no se quejaban. Muy al contrario, daban gracias al cielo por poder hacer la primera excursión fuera de su pueblo hacia tierras más civilizadas. Aunque jamás se atemorizarían ante la presencia de un león enfurecido, un caimán sediento de sangre o una manada de elefantes, eso del avión y cruzar el océano les merecía bastante respeto y tenían el miedo y el frío metido en el cuerpo.
Una violenta sacudida en el lado izquierdo del avión desperezó a los viajeros más somnolientos.
- ¿Qué ha sido eso?, preguntó el inexperto segundo piloto estupefacto.- Parece como si hubiésemos chocado con un pájaro del tamaño de un caballo.
El anciano quejica no tuvo tiempo de abrocharse el cinturón de seguridad cuando se encendieron las luces de aviso; Su protestona cabeza chocó bruscamente con la ventanilla del avión. Haber pedido pasillo, cabrón, pensó una de las sufridas azafatas, décimas de segundos antes de caer de culo tras una segunda y aún más violenta sacudida.
Al joven del lexatín se le cortó durante unos largos segundos la respiración y sufrió taquicardia. La pareja protegió con sus cuerpos al bebé que, curiosamente, dejó de llorar ante lo que interpretó como una brutal muestra de cariño. A la pasajera del 28 C, cuestión de estadística, los temblores le cogieron en el servicio así que sobrellevó la situación dignamente castigando el tabique nasal con una dosis doble de polvo blanco. En primera, los dos ejecutivos, ciegos de vino y champán, apenas notaron el movimiento, las ventajas de viajar en business. La treintañera de curvas sinuosas se despertó sólo ligeramente.
Entretanto, Amama y Manoah vieron pasar un rápido documental de sus cortas vidas en blanco y negro en décimas de segundo.
- Les habla el comandante, disculpen las molestias, sólo han sido unas turbulencias. Pueden desabrocharse los cinturones, a continuación nuestro personal de vuelo les servirá una merienda.
El ambiente a bordo se hizo mucho más llevadero, la pareja con el niño dio las gracias a dios porque sólo hubiesen sido turbulencias, el anciano seguía medio adormecido como consecuencia del golpe, aunque a nadie le importó. El joven con crisis de ansiedad engañó los nervios comiendo ávidamente, mientras los dos ejecutivos rememoraron su época de tunos rondando a la somnolienta compañera de primera clase que, para tratar de frenarles, les dio una generosa propina. Las azafatas, servida la merienda y tras la preceptiva ronda adicional de ¿mástémáscafé?, se entretuvieron despellejando a la pasajera del 28 C, quien, ya ostensiblemente colocada, encabezó una sonora ovación para el piloto mientras el avión tocaba tierra.
Pocos minutos antes, nada más abrirse el tren de aterrizaje, los cuerpos congelados de Amama y Manoah cayeron a plomo sobre la pista del civilizado aeropuerto.
Wednesday, 27 May 2009
Para los caballeros es imprescindible el uso de americana y corbata

Los que me conocen mínimamente saben que no soy muy dado a las formalidades. El protocolo, como tantas otras reglas sociales, me provoca un rechazo casi irracional. Aún así, el martes decidí afeitarme y me puse uno de los tres trajes que tengo a sabiendas de que, al menos en mi oficio, es relativamente imprescindible cumplir con un mínimo de preceptos y, desde luego, en ocasiones hace el trabajo mucho más sencillo. El grado de convencimiento no era suficientemente fuerte como para obligarme a sacar del cajón de los inservibles una corbata, la prenda que más detesto y en mi modesta opinión, una de las creaciones más absurdas en la historia de la humanidad.
Eso sí, consciente de que la cita era de alto copete, conjunté razonablemente un traje gris claro de verano con un polo negro de hilo y unos cómodos pero aparentes zapatos de piel.
La cita, organizada por uno de los empresarios más representativos del país, se celebraba en el renombrado Zalacaín, un exclusivo e ilustre restaurante que presume de haber deleitado el paladar de monarcas, políticos, “premios nobel” y otras grandes personalidades.
Aunque García Márquez – premio Nobel de literatura, por cierto - lo considera “el mejor oficio del mundo”, yo soy plenamente consciente del concepto de “canallesca” que en términos generales se tiene de la clase periodística en España. Por eso estoy más que acostumbrado a los prejuicios y me niego a jugar a ser quien no soy. Muchos de nosotros nos vemos inevitablemente arrastrados a las realidades que cubrimos al sentirnos erróneamente parte de los universos en los que nos movemos exclusivamente en el ejercicio de nuestra profesión. En mi caso, todavía acierto a distinguir el apretón de manos, el chascarrillo o la afabilidad de un financiero, político o primer ministro cuando se dirige a la clase periodística como si fuesen antiguos compañeros de colegio. Pero se sorprenderían de la cantidad de compañeros que he visto reconvertirse sin remedio en pseudobanqueros.
La reunión del martes, una tradicional cita de confraternización que realiza anualmente la empresa en cuestión con la clase periodística, es una de esas en las que sabes que, aunque sin compromisos, hay que mantener un cierto formalismo. Es por eso que, pese a mi tendencia al descuido en el vestir, acudí elegantemente presentable a la cita, dentro de la subjetividad asociada al término “elegante”.
Aparqué mi motocicleta convenientemente alejada de la puerta de esa grandiosa casa de comidas que debe su nombre a la inmortal obra de la picaresca imaginada por Pío Baroja – por cierto, con una extensa labor periodística -. Dejé el casco y la cazadora en el maletín trasero, me atusé los cuatro pelos que todavía me quedan y, enfilé decididamente las escaleras de la entrada. Mi primera sorpresa fue no recibir respuesta alguna a mis “buenas noches” de parte de una señora que me recordó a la inquietante ama de llaves de Rebeca. Tras hacerme un repaso visual digno de un jurado en un festival de belleza y constatar que no llevaba arma alguna en las manos, la señorita Rottenmeyer me inquirió: “¿Dónde va usted?”. Su actitud me produjo un suave calambre cerebral que me transportó por un momento a mi época de estudiante cuando pretendías entrar “sin invitación” en determinadas salas de fiesta. “Voy a una recepción organizada por XXXX”, dije con timidez. “Pues no se puede pasar sin corbata”, me contestó mientras constataba que el blando cuello de mi polo de hilo difícilmente aguantaría el nudo, ya fuera windsor o cruzado, de la pieza de seda que sin duda estaría dispuesta a prestarme. “No hay ningún problema, señorita”, dije sin alterarme y desanduve mis pasos . Pude haber pedido que avisara a X o Y, o tratar de explicar a esa maestra del protocolo que estaba invitado por un grupo que había cerrado el restaurante y que, por lo tanto, entendía que estaba sujeto a otras reglas. También pude haberme entretenido en explicarle que ni siquiera había constatado mi identidad ni la del medio al que representaba. Pero ¿saben qué?, creo que aquel día me dejé la humildad en casa, con la corbata. De repente me llenó una placentera sensación de conciencia de clase. Me enfundé la ropa de la moto y enfilé la A-6 reflexionando sobre lo jodidamente incomprensible que es este mundo en el que convivimos con muchos talibanes que se niegan a salir del armario.
Tuesday, 19 May 2009
Chau viejo

Pasatiempo
Por Mario Benedetti
Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía.
Luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque un océano
la muerte solamente
una palabra.
Ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros.
Ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.
Monday, 4 May 2009
Extranjero de sí mismo

Era la primera vez que no se reconocía en el espejo. Hubo muchas posteriores, pero ninguna le produjo tal conmoción. La preocupación que le atenazaba hacía tiempo se convirtió definitivamente en pánico. Hacía unos meses que estaba experimentando una extraña sensación de aislamiento impropia de su carácter vehemente e inexorablemente comprometido. Los primeros días la percepción le produjo más que nada desorientación, incluso pudo disfrutar de un cierto placer al observar la falta de reacción a situaciones que normalmente recibían una respuesta muy pasional de su parte, incluso excesiva a juicio de algunos para un organismo demasiado acostumbrado a problemas digestivos y tensionales. Pero, con el paso de los días, el nuevo carácter fue soldándose tenazmente a su temperamento y acabó por convertirlo en un extraño para sí mismo. Se veía totalmente ajeno a las vivencias que experimentaba su cuerpo. Los sentidos apenas le pertenecían y empezó a ver como desconocidos al restringido grupo de quienes consideraba cercanos. Estaba fuera de las conversaciones y más lejos aún de las discusiones que habían forjado su vida y relaciones. Se sintió desterrado de su propio cuerpo y cada vez realizaba visitas al baño con mayor frecuencia con el objetivo único de que el espejo le devolviese una imagen de sí mismo que era incapaz de recordar sin ayuda. Aquel día, cuando sus padres, mujer, hijos, hermanos y compañeros le devolvieron un gesto socarrón desde el cristal del baño creyó morir. Pero poco después lo entendió todo. Aquel cuerpo se había convertido, por fin, en el hombre que tanto anhelaban los suyos y lo mejor era dejarse llevar.
Wednesday, 25 March 2009
Rabia
Todavía les sorprendía el sonido seco pero casi palpable de la nariz al quebrarse. Seguían excitándose con el crujir de las falanges y lo fácil que resultaba hacer brotar sangre de los párpados. Les hacía sentirse bien patear a sus víctimas en el suelo. Buenos momentos, buenos colegas. Como cuando rociaban de gasolina a los ratones del barrio y les ponían una mochila de petardos con cinta americana antes de partirse el pecho con el reventón de los putos roedores.
Cuanta más perplejidad percibían en la víctima, mayor era su grado de satisfacción. Les gustaba esa sensación única de poder en el sentido más amplio de la palabra. Como cuando sus padres repartían hostias en casa. Pero aquel día se les fue la mano, quizás se habían pasado de farlopa o simplemente no supieron calcular la fragilidad de la cavidad torácica del chaval. Las Doc Martins que levantaron a aquel guiri maricón mientras suplicaba en inglés hicieron un trabajo perfecto. Reventaron el saco pericárdico del joven como si fuese papel de fumar.
En el talego las reglas cambiaron y con ellas su concepto del mundo. - Qué hijadeputa es la vida, se dicen mientras arrancan las patas izquierdas de una descuidada cucaracha para condenarla a un círculo eterno.
Wednesday, 14 January 2009
Las dudas de Oli

Tuesday, 18 November 2008
Wednesday, 13 August 2008
Personal en ataque

Thursday, 26 June 2008
Lola
Ese día, pese a la preocupación lógica por la vesícula, la biopsia y la anestesia, mostraba su cara habitual, apenas se sonrojó cuando la enviada de Dios y del médico la sorprendió con el sujetador en la cabeza mientras jugaba a perseguir a su hija a bordo de un caza perfectamente imaginado.
Su vida era mejor cuando fumaba. Desde un punto de vista objetivo. El mecanismo pulmonar es definitivamente mejor hoy; la salud, probablemente también, pero la vida, así, en su máxima expresión, es más jodida. Hoy es plenamente consciente de que el sabor del cigarrillo no es agradable, pero la rutina diaria a la que está tan enganchada también es una mierda. Cuando yo la conocí fumaba alrededor de una cajetilla de rubio al día, tenía el gesto y las arrugas del fumador, probablemente también la epidermis, pero en estos últimos años en pocas ocasiones he podido apenas intuir el brillo que irradiaba su mirada, la candidez de su sonrisa y un sentido del humor único.
El otro día reconoció que todavía añora el humo del cigarrillo y que se muere de envidia cuando algún grupo de cabrones baja a la entrada del edificio a quemar la ansiedad con un pitillo. Me recordó entonces que durante un tiempo fumó “Lola” un cigarrillo mítico elaborado por Tabacalera cuya cajetilla parecía diseñada por un Warhol hortera pasado de éxtasis. “Jamás conocí a otra persona que fumase Lola”, me dijo. Hizo una auténtica evocación de recuerdos asociados al objeto, al color de la cajetilla, el olor y el sabor de aquellos cigarrilos. Se extendió en detalles sobre un peculiar aroma en el que se mezclaban alegremente la Madreselva, el azúcar, la miel o la manzanilla. “Dejé de fumar ese tabaco hace unos veinte años, pero es curioso porque recuerdo el olor como si fuera ayer. Ójala pudiera decir que olía a Madreselva, cuyo olor me encanta, pero al aire libre porque el arbusto encerrado, sin aire, huele empalagoso. No, más bien olía a limpio, como dulzón, tenaz y al mismo tiempo desagradable como la manzanilla que tanto detesto. Era más olor de incienso que de tabaco, no sé si me entiendes”.
“Joder, qué ganas de fumarme un cigarrillo. No quiero un Lola, ni un Gold Coast, prefiero un Marlboro, siempre hubiera preferido un Marlboro”.
Thursday, 10 April 2008
Marta




