Tuesday, 1 February 2011
45 r.p.m.
Había decidido tomarme el día libre – un eufemismo en un día lectivo en el cole y el instituto y teniendo que conectarte en remoto con el curro – por aquello de templar un poco los nervios, quizás incluso tratar de dormir un poco. Acompañar a los niños a clase, comprar logística de limpieza y cocinar me robaron la mayor parte de la mañana. En el ratito que me quedaba antes de recoger a los niños del cole intenté echar un sueñecito, pero me comían los nervios, poniendo a prueba mi pésima memoria una y otra vez con la tercera estrofa del Beat it. El diluvio universal tampoco ayudó mucho al ánimo, así que en cuanto pude me marché a Carabox, donde había quedado con Manolo para recoger los trastos que nos hacían falta. Teníamos una cita a las seis para montar los equipos y hacer la prueba de sonido, algo que también en parte resultó ser un eufemismo. No en el sentido del montaje, que nos tocó íntegro (incluyendo el acople de una batería completa) pero sí en el del horario, cuyo concepto está sujeto a tanta laxitud como personas implicadas. Rafa, Fernando y David llegaron a tiempo – llevamos relojes de pelo de idéntica marca – y con un estado de nervios diverso. La misma ilusión, distintas inquietudes (que si la segunda vuelta del Back in the USSR, que si los cortes del My Sharona, que si el acelerón en Should I Stay or Should I go…). Pese a tocar en segundo lugar, el primer grupo llegó cuando estábamos ya probando sonido, aunque tuvimos (salvo el maravilloso técnico Gus) que hacer pocos ajustes para tratar de hacer posibles las dos actuaciones sin invertir demasiado tiempo.
Pese a que cuando cerramos el trato del bolo las instrucciones fueron inusualmente precisas, desgraciadamente tampoco se cumplieron. Muchos de los amigos convocados a un barrio con un enjambre de coches y unas calles que hacen amplios los recovecos de Malasaña, llegaron puntuales (según quién defina la puntualidad) y encontraron cerradas a cal y canto las puertas del local. Pasadas ampliamente las diez de la noche (hora pactada para el inicio del primer grupo) las risas y la emoción empezaron a dejar paso a la preocupación entre los miembros del grupo. Una vez más el concepto del tiempo era realmente diferente entre nosotros y los dueños del local y miembros de la primera banda.
Manolo, Rafa, Fernando y yo (David es mancebo y más tranquilo) nos inquietamos cuando empezaron a tocar pasadas las once de la noche (el local tiene prohibido actuaciones más allá de las 12.30, nos dijeron, para asegurarnos que ellos estarían en el escenario una hora). Teniendo en cuenta el cambio de equipo, ajustamos el repertorio para una hora, pero tras una poderosa sesión de Blues, llegamos a la medianoche sin habernos subido al escenario. A estas alturas el nivel de tensión variaba en un amplio espectro de tonalidades, desde el negro zaino de Manolo al blanco neutro de David. Las miradas de soslayo se centraron en el color oscuro, cuyo encabrone llegó a tal punto que se negó en un principio a subir al escenario. Tuvo que ser su amigo Rafa – a quien estima y escucha sin reservas - quien le convenciese de tomar las baquetas y hacer honor a los muchos amigos que habían venido con el generoso objetivo de vernos tocar. Fernando, David y yo, ansiosos como estamos todavía por tocar en directo (falta de experiencia, supongo) estábamos como locos por empezar, así que seguimos la veloz batuta de Manolo en un repertorio de 14 canciones que apenas duró cuarenta y cinco minutos. Pese a los nervios – que provocaron fallos, descoordinaciones y vertiginosas versiones - volvimos oir gemir a la Godin burdeos de Rafa, a ratos llorar y gritar. Fer se entregó cantando como nunca y llenó el local con el bajo de las cuerdas sucias. David pellizcó con precisión las de su falsa Fender y punteó ferozmente sobre su Sponge Bob tuneada mientras Manolo, quién sabe si por desahogar su furia, dio una clase magistral de percusión a un público entregadísimo al que, desde aquí, quiero dar de nuevo las gracias.
Para rematar la faena, la polémica ley antitabaco nos regaló un fin de fiesta pasado por agua cuando unos vecinos del bloque en cuyo primer piso descansa el local regaron nuestras conversaciones exteriores con un par de generosos cubos de agua.
Es cierto que las circunstancias putearon a Manolo, que Rafa estuvo mucho más serio de lo normal. Quizás tenía razón quien me dijo que teníamos menos complicidad que en otras ocasiones. Llegué incluso a pensar que a esta etapa ya le queda poco. Pero para mí fue como uno de esos singles a 45 revoluciones que resultan fáciles de oir, enganchan rápidamente y tienen surcos más estrechos que impiden la entrada del polvo que tanto daño hace a los LPs.
Wednesday, 12 January 2011
La Naveta
Dos camisetas roídas y un par de calcetines que conocieron tiempos mejores yacían inertes en un improvisado tendedero. Los rescoldos de una fogata descansaban ahogados en un pequeño mar de cenizas. Con el termómetro por debajo de los cero grados, un pequeño cazo ennegrecido, un mendrugo de pan al borde de la congelación, un colchón con láminas de cartón y una manta ajada eran los objetos que conseguí entrever desde el quicio de una puerta inexistente . El pudor me llevó a atravesar en sentido contrario a toda prisa la descapotada nave abandonada al borde de la carretera de La Navata. El tiznado maquillaje de las paredes, las frases ofensivas, las declaraciones públicas de amores secretos, los cánticos revolucionarios entonados con pintura plástica en la piedra, el intenso olor a humedad y orín y las numerosas calvas de un tejado astronómico no hacían perder ni un ápice de encanto a un sueño que podría albergar con un poco de esfuerzo un centro de entretenimiento, conjunción de ideas, proyectos siempre inconclusos, centro ocupacional, escuela de artes o el "hub" soñado y tan bien explicado por la sabia Esther.
Pero los restos de vida me obsesionaron y relativizaron la ilusión de un sueño. No me costó imaginar docenas de vidas del habitante desconocido de la nave que, de una u otra forma, había convertido en su hogar. Un parado avergonzado que confundió trabajo con dignidad; Un nihilista, harto de la calidad humana que voluntariamente se convirtió en asceta; Quizás perdió la custodia de sus hijos en una de esas jugadas diabólicas del destino; Un inmigrante con miedo a ser deportado…
Me ofusqué de tal manera, que al día siguiente quise volver en busca de respuestas. Pero en la quinta habitación sin puertas de la alargada nave no hallé ni rastro de ninguna de las vidas imaginadas. Ni cazo, ni colchón, ni tendedero, ni ascuas. Aunque ya me levanté medio febril, noté entonces que los síntomas de enfriamiento empeoraban, así que me acomodé en un pedrusco, acumulé cuatro rastrojos y prendí una pequeña fogata para tratar de mitigar el frío. Al quitarme los zapatos para calentar los pies decidí poner a secar un par de calcetines que también conocieron mejores tiempos. Tuve un terrible presentimiento y comprobé que una camiseta roída cubría mi torso.
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Wednesday, 5 January 2011
El enfermo imperfecto
Cuando era un niño mi padre no podía enterarse de que enfermaba, bastantes preocupaciones tenía encima el pobre. Recuerdo ahogar la tos nocturna contra la almohada tiritando ya fuera de fiebre o de miedo porque mi viejo no escuchase la evidencia de un catarro por curar. Los días en que sus turnos de trabajo le permitían llegar a una hora en la que podía vernos despiertos, mi madre empeñaba tal esfuerzo en bajarnos la fiebre o mejorar una palidez sospechosa, que hubiera sido quemada en la hoguera de haber nacido en otra época. Hasta que me operaron de anginas y vegetaciones estuve enfermo en varias ocasiones, pero pocas veces falté al cole para salvaguardar la estabilidad emocional de papá. Mis tres hermanas y yo heredamos de la paupérrima familia materna unas migrañas tensionales, pero mi padre jamás supo lo difícil que me resultaba cuando de adolescente me exigía que quitase esa cara de mala leche no fuera que me tuviera que dar una hostia. Finalmente, creo que mi cuerpo desarrolló una especie de defensa que me permitía estar malo en el trayecto en autobús del colegio a casa, en clase, en el patio, pero nunca en ese hogar libre de enfermedades. Vamos que podía morir siempre que mi viejo no se enterara. Cuando a los 18 tuve la suerte de conocer a Marta perdí muchos de mis miedos, empecé a saltarme peldaños sin miedo a tropezar, le presté gran parte de mi lastre emocional. Curiosamente, cada vez que tuvimos ocasión de estar juntos antes de decidirnos por juntar su estilosa delgadez y mi patológica tristeza, me ponía enfermo. Dos décadas después, mientras salgo de un proceso febril una vez más durante mis vacaciones en un momento laboral que lame el rojo, Marta reafirma su teoría de que el estrés bestial en el trabajo provoca una bajada de defensas sobresaliente en mis días libres. Menuda putada de teoría, para mí, para ella y para los niños. Yo creo que simplemente ella fue durante años mi único refugio seguro, el lugar para parar a descansar de vivir. Lo jodido, es que ya no lo es y eso me provoca tal preocupación sobre dónde, cuándo y cómo puedo enfermar que igual las defensas ya están de nuevo trabajando y me vuelvo un psicótico sanísimo. Tuesday, 28 December 2010
Wednesday, 22 September 2010
Astenia
A duras penas encontraba fuerzas para levantarse. Se vio incapaz de abordar el abismo de tres metros que separaba la cama de la ducha así que decidió dejarse caer de nuevo en las olas de algodón. Le pesaban los párpados, no le resultó difícil volver a dormirse. No es que le importase demasiado, pero por la longitud de la barba calculó que debía de llevar cinco o seis días en cama. Retiró el polvo de la oxidada caja de latón que conservaba en el maletero del dormitorio. Buscó durante cinco minutos un rasgo reconocible en aquel niño en apagados tonos sepia que su padre sostenía en los brazos, buceó en los recuerdos de un reloj que dejó de latir a las 10 y 20 de un día remoto, anterior incluso a la muerte de su padre. Sacó la vieja brocha de resina y crema con las que su viejo le enseñó a afeitarse y se puso a la tarea como si fuese la primera vez. Sintió los poros abrirse ante la suave llamada del jabón Lea, cuyo aroma despertó recuerdos agridulces de la infancia. Se tomó su tiempo antes de la primera acometida de las cuchillas con el viento a favor. Cientos de hilillos muertos fueron formando una figura abstracta sobre el lienzo níveo del lavabo. Fue generoso al enjabonarse el rostro por segunda vez disfrutando del olor a domingo por la tarde y no encontró demasiada oposición el viaje a contrapelo de la afilada cuchilla. Taponó con pequeños trozos de papel higiénico tres motas de sangre minúsculas. Se miró al espejo y llegó a la conclusión de que, efectivamente, el Otoño había vuelto.
Friday, 9 July 2010
EGGGGGGGGGPAÑA (Victoria y pérdida)
Almuñecar (Granada) 3 de julio de 2010. Fiestas en la Colonia Taramay. España se juega los cuartos de final contra Paraguay en el Mundial de Sudáfrica.
Confieso, antes que nada que no respondo a los impulsos patrióticos y que tampoco pierdo la cabeza por el fútbol. Casi siete horas después del primer "¿falta mucho?" de Zoe llegamos a la circunvalación de Almuñecar sólo minutos antes de que empiece el partido. Apenas hay gente en la calle y los que vemos deslucen casi todos la camiseta de la selección española, banderas nacionales, pintura con los colores patrios en la cara o una combinación de todas ellas. Los 40 grados en un contexto de humedad extrema probablemente nos ahorran la visión de las bufandas bicolor a pesar de la inconcebible campaña publicitaria de una conocida cadena de comida rápida pretendiendo poner de moda tan invernal prenda en uno de los meses de julio más cálidos de la historia - digo yo que podrían haber promocionado unos bañadores turbo bendecidos por la baqueta de Nacho Vidal en lugar de bufandas de polyester tocadas por la de Manolo el del Bombo -.
Dejamos el equipaje en casa y aprovechamos la hipnosis colectiva para bajar con las perras a la playa sin tener que preocuparnos de si molestan. Un matrimonio de jubilados alemanes paseando en bici; Una docena de mujeres con niños demasiado pequeños para aguantar dos tandas de cuarenta y cinco minutos frente al televisor sin ver a Bob Esponja; varias cañas de pescar apostadas al borde de la playa, vigiladas todas ellas por una gruesa señora que debió de coger el palo más corto…
Pero de entre los humanos que escapan al hipnotismo me producen especial impresión los tres empleados del Ayuntamiento que velan estoicamente por las maltrechas finanzas locales recorriendo como zombis el desierto paseo marítimo y revisando una y otra vez los billetes de aparcamiento de los coches incapaces de reparar en que el tráfico de vehículos prácticamente se ha congelado por un par de horas.
Sólo los gritos de Espaaaña, Espaaaña, Aporelloooooos, Oeoeoeoeee y otras composiciones populares o comerciales nos permiten tomar contacto con la realidad y alejar de nosotros la idea de que un virus alienígena ha matado a la mayoría de la humanidad y que sólo los jubilados alemanes, las señoras gordas, los niños pequeños o los vigilantes de la ORA han desarrollado los anticuerpos para combatirlo.
Olivia, Diego, Zoe y María, que no pueden evitar sumarse de cuando en cuando a los gritos nacionalistas - aunque lo hacen sin convicción, como a quien se le pega una horrible canción que suena insistentemente en la radio y la tararea sin darse cuenta - aprovechan la situación para darse un exclusivo primer baño de la temporada a pesar de que la temperatura y temperamento del océano también parecen conjurados para invitar a los hipotéticos bañistas a contemplar el partido.
El primer grito unánime de emoción me pilla comprobando que el permiso de parking de la furgoneta aún no ha vencido a pesar de que una de las zombis encargada de las multas ronda el vehículo como un gato en un puerto en día de mercado. De repente, la vigía convulsiona violentamente y antes de que pueda buscar una estaca para rematarla, escucho balbucear algo parecido a tooooooma, tomaaaa, por lo que deduzco que simplemente está celebrando el gol que sugieren los gritos de júbilo desde las casas y bares. Por sus muestras de alegría, cualquiera diría que es incluso más aficionada al balompié que a poner multas de aparcamiento o devorar cerebros, pero lo curioso es que ni siquiera lleva una radio. Quizás es cosa de los no muertos, pero entre los vivos que yo frecuento es extraordinariamente raro que la interpretación de una alegría externa produzca tal placer.
Sólo un par de minutos después, cientos de gargantas parecen augurar el principio de una gran goleada. Busco inmediatamente a la zombi que esta vez sí, salta inequívocamente de alegría. La cosa empieza a pintar fea. Los pocos habitantes de la playa empiezan a desaparecer, con la excepción de la madame de las cañas de pescar que probablemente sea sorda. Quiero evitar a toda costa compartir con mis congéneres las manifestaciones de felicidad así que ordeno a los niños que se bajen ya del carrusel de olas y enfilamos hacia la que probablemente sea la última casa sin antena ni televisor de toda la provincia. Sin embargo, gracias a la radio de la furgoneta descubrimos con gran sorpresa que el partido todavía tiene un resultado de empate a cero. Tentado estoy de dar la vuelta para pedirle a la zombi que devuelva sus espasmos y joderle la tarde desvelando que los gritos que dispararon su resorte obedecían a un penalti parado por España y a otro señalado y posteriormente fallado por nuestra selección. Pero, antes de bajar del coche, el locutor canta un gol más largo que un tema de Pat Metheny. Antes de que se informe de la autoría del tanto ya han sonado media docena de petardos. Debe de ser que los patriotas sujetan en una mano la bandera y en la otra los cohetes - y beben la cerveza con pajita-, de lo contrario, no me explico tanta rapidez.
Después de una ducha rápida decidimos bajar a cenar a la playa, aún a riesgo de vernos obligados a compartir la histórica victoria de la selección. Les pido a los niños que se adapten y respondan a los gritos de España o expresen su deseo de que el Peñón sea devuelto al Reino por aquello de que no acaben siendo unos marginales como su padre. Al principio se avergüenzan de mis gritos al paso de los coches con el claxon fácil, pero terminan por encontrarle cierto gustillo y se camuflan perfectamente entre la masa uniforme. Una explosión bestial a punto está de hacerme tragar entera una gibia mientras pienso que el dueño de tamaño petardo debe ser el padre del mismísimo goleador Villa, aunque inmediatamente otro ensordecedor estallido que tiñe el cielo de un rojo resplandeciente nos recuerda que en la Colonia Taramay se celebran las fiestas anuales, de esas con caballitos, coches de choque, bocatas de chorizo y, sobre todo, música en directo. Qué oportuno, nada mejor que una fiesta masiva, mucho alcohol y chundachunda para celebrar todos a una la hazaña del país de los cuatro millones de parados y los mejores futbolistas del mundo. Nos acercamos a ver los impresionantes fuegos artificiales esquivando las camisetas de la selección española que se rozan y abrazan en un festival de hermandad y ebriedad que me lleva a darme cuenta de que el día ha sido demasiado largo y quizás es hora de recogerse. Pero cuando llegamos a la única casa sin antena y televisor de la provincia descubrimos que nuestra perra Leela ha desaparecido, dejando a su madre sola a cargo del cortijo. Se ve que la perrilla, todavía joven, quiso salir también a participar de las fiestas, les explico a mis niños tratando sin éxito de trivializar la pérdida. Calmados los llantos iniciales, organizamos la búsqueda en dos partidas: Me toca liderar el destacamento del atormentado Diego y la ultrasensible Olivia dirección noroeste, hacia la carretera de circunvalación. Marta parte con la impasible Zoe y con María, que no puede dejar de sentirse culpable por haberse negado a ir a cenar acompañada por las dos perras. Mani, que parece aliviar la tensión de la marcha de su hija lamiéndose frenéticamente el culo, se une al grupo de Marta hacia el sur, camino de la feria. -Viva España, ¿han visto ustedes a un perro suelto?, preguntamos sin éxito a unos cuantos despistados que regresan a casa haciendo eses pasadas ya las dos de la madrugada. Hasta que una pareja joven nos pregunta si hemos visto a un pastor alemán suelto. -No, lo siento ¿y ustedes, amables compatriotas, no habrán visto a una atractiva labradora color canela?. Tres cuartos de hora después regresamos al cuartel general con el resultado: cero en búsqueda, cuatro en llantos.
Hacia las tres y media de la noche conseguimos que los niños se duerman, sin duda acunados por el sofoco y el cansancio del viaje pero para un adulto el sueño resulta complejo cuando los ecos del Sarantongoquechubiriquechubiri llegan al valle con forma de cono de altavoz en el que descansa la única casa sin televisor ni antena de la provincia. Cuando los músicos en directo parecen haber terminado su repertorio, descubrimos asombrados que un vecino en la parte alta del cono del altavoz ha creado una alternativa chill out a 350 watios de potencia. Chicago en versión instrumental, los Eagles, Roxy Music. Al menos me consuela pensar que es la música y no la preocupación por la perra lo que me impide dormir. Pero la mala hostia finalmente me vence cuando descubro que el sarantongaquechubiriquechubiri no había acabado, simplemente se habían tomado un descanso.
Empieza entonces una batalla de una hora de duración entre el Avalon del vecino romanticón y la barbacooooooa de la Orquesta Maravillas con ese inconfundible sonido de batería de organillo que se te mete en las partes más íntimas del tímpano. No sé si me gustan más las vacaciones o España.
Que no me callooooooooooo!!!!!!!!
Almuñecar (Granada) 4 de julio de 2010. No juega España y se han acabado las fiestas de la Colonia Taramay. 35 grados con sensación termina de 2.000, Dos de la mañana.
Parece que hoy nos vamos a acostar temprano; hemos recuperado a Leela y los niños están algo más calmados, aunque el disgusto ha llevado a Dieguito a ponerse enfermo con fiebre y Mani sigue chupándose el culo con fricción (igual es estrés postraumático). Leemos un ratito en la tranquilidad del porche y, pese al asfixiante calor y al compás relativamente uniforme de los grillos, consigo dormir del tirón una horita y media. Me despierta al borde de las cuatro de la mañana el grito desesperado de un gallo. Sí, han leído ustedes bien, cuatro de la mañana y un gallo, dos factores relativamente nimios, pero con consecuencias demoledoras.
Resulta que, desde mi primera visita a la casa de mi suegro en Almuñecar e incluso desde mucho antes si hacemos caso de la leyenda que cuentan los Najarro, un puto gallo con los biorritmos cambiados tenía la pésima costumbre de cacarear mucho antes del amanecer. El gallo en cuestión, probablemente de origen islandés - explicaría los desajustes horarios- o invidente - ayudaría también a entender la dificultad para distinguir la noche del día - debe haber muerto hace años. Sin embargo, probablemente aleccionados por él, todos sus descendientes y vecinos con cresta heredaron tan extraordinaria costumbre constituyendo una de las insólitas características que, junto con los aguacates y las chirimoyas, configuran las peculiaridades de ese rincón tropical llamado Almuñecar. Adoro los aguacates y no comparto, aunque entiendo, que las chirimoyas pueden ser consideradas un manjar único, pero soy también de los que piensan que todo tiene un justiprecio.
Por tratar de hacer la descripción breve y suficientemente explícita imaginen un calor de tal magnitud que hasta un mosquitofóbico como yo necesita dormir con las ventanas abiertas en una zona en la que los chupasangres apenas pueden volar de la carga que soportan. Imaginen también que el valle en el que se asienta la casa tiene un efecto eco espectacular y que, además, está poblado por abundante fauna entre perros, gatos, gallinas, conejos, palomas, salamandras, arañas multicolor… y gallos.
El primer cocorocó es inmediatamente seguido por otro exactamente en la misma nota pero e distinto tono, éste a su vez es contestado por el primero, replicado por un tercero y así sucesivamente. Al mismo tiempo, los perros, animados por la jam session de los pollos se suman con un festival de ladridos y/o aullidos que son, como no, respondidos por algún que otro maullido de un valiente gato arrabalero. Esta noche, en el cénit de la locura insomne, llegué a contar hasta 30 ladridos, aullidos o cacareos en un minuto, uno cada dos segundos. Pese a dormir en la parte de la casa menos expuesta a los ruidos, los niños acaban también por despertarse y comienza entonces un trasiego en bucle de una cama a otra buscando consuelo para retomar el sueño en la disneylandia de Le Coq Sportif.
Mi cuñado Paco, siempre ágil de mente, se divertía en verano pensando distintas formas de acabar con el gallo y, de paso, permitía al resto exorcizar sus demonios imaginando al pollo en combustión espontánea en el microondas, reventando tras ingerir trigo almidonado, aplastado por un aguacate gigante, sirviendo de alimento al hombre lobo de los Guajares o destrozado por el certero disparo de un tirachinas que, pese al ingenio de Paco, nunca llegó a tener la tensión necesaria.
Olivia, que fue la última en levantarse esta mañana tras retomar el sueño alrededor de las ocho de la mañana cuando, por supuesto, todos los gallos echaban su siesta borreguera, nos sorprendió a todos: "Esta noche estaba escuchando al gallo y me parecía que decía quequenomecalloooo". ¡Viva España y las vacaciones!.
Tuesday, 11 May 2010
Gimnasio Maragato
Cada cierto tiempo hacemos una excursión prehistórica a León para abastecernos de carnaza sin necesidad de empuñar un arma ni tener que hacer uso de una línea de crédito. La vaca ya está muerta, la carne es fresca y tierna y el precio es casi de otra época. Sin embargo, he de confesar que el viaje en sí mismo suele despertar mi escondida condición vegetariana . El trayecto entre Astorga y la aldeíta al pie del Teleno está sembrado de baches y su trazado debió de ser diseñado por el sobrino parkinsoniano de Franco con plaza como delineante preferente en el MOPU. La tracción trasera de la furgoneta en la que nos desplazamos, con una enorme distancia entre ejes, no contribuye precisamente a mi bienestar y tampoco el hecho de que sea mi amigo Juan Carlos – que no baja de la quinta marcha y en ninguna circunstancia pasa de 1.500 revoluciones por minuto por cerrada que sea la curva – quien conduce la batidora roja.
Llegados a este punto, el café y el donut ya han recorrido gran parte del camino inverso hacia mi garganta tal vez ayudados por el intenso olor a gasoil que dejó nuestra última visita a la gasolinera. Apenas podía distinguir las repetitivas construcciones maragatas de los últimos pueblos antes de llegar a nuestro destino embriagado por una desagradable sensación de mareo, naúsea y dolor de vientre. Pero lo peor estaba aún por llegar. La temida e inevitable entrada en la carnicería, que cedía amablemente a Marta antes de que el viaje se convirtiese en “cosa de hombres”, me hace involuntario espectador de un gore en 3D y Odorama. No sé si me desagrada más contemplar las piezas de carne sanguinolenta o el intenso olor a cadáver vacuno que invade una estancia adornada por media docena de ganchos de acero, afortunadamente libres de peso.
La impresión es relativamente menor que en otras ocasiones ya que habíamos realizado un pedido anticipado, de forma que los ochocientosmil kilos de picada, solomillo o morcillo previstos estaban convenientemente preparados en bolsas blancas relativamente discretas para los poco curiosos. Claro que David, que pese al increíble precio del material había gastado la mitad del salario mensual en piezas vacunas, todavía quiso regalarse un par de corderos lechales que, estos sí, fueron convenientemente cuarteados, momento en el que aproveché para salir, no fuera a ser que un burro nos aparcase en doble fila o algún peregrino hambriento en plena ascensión en el corazón del Camino de Santiago, se abalanzase cegado por el cansancio sobre el apetitoso maletero.
Cuando paso a cerrar mi cuenta, el carnicero me entrega una bolsa – esta sí, sangrante - en la que, se empeña en detallar, van las cabezas (con sus ojitos, lengüecitas y dientecitos) de los dos corderos que David se ha dejado olvidadas. No sé cómo consigo recorrer los cinco metros entre la tienda y David y entonces sí, necesito un poco de espacio para vomitar.
El camino de regreso a Astorga me resulta algo más llevadero al volante de la batidora – al menos soy yo el que provoca los bandazos y apenas me llega el olor de los arcones que viven en el maletero–. Una vez en la Emérita Augusta continúa el festival del consumo con la visita a nuevas carnicerías en las que son especialistas en chorizos, carne de buey y arreglos para el cocido. Veinte kilos de bolsas y un par de cañas después, nos apresuramos en cumplir con lo que ya se ha convertido en una tradición para el grupo de amigos que hacemos frente común en la Causa Carnívora Leonesa. Se trata, ni más ni menos, que de la ingesta de un descomunal cocido, con sus descomunales raciones de bola, oreja, tocino, morro, morcillo, chorizo, gallina, garbanzos, sopa… De entrada, el peculiar orden de los platos me descoloca –No me acostumbro a calcular el hueco que tengo que dejar para la postrera sopa – pero es que, además, engullimos como si el mundo fuese a acabarse esa misma tarde. El donut con café vomitado en la aldea al borde del Teleno queda tan lejos y el cocido me gusta tanto, que devoro casi hasta la loza del plato y, por supuesto, doy buena cuenta de las tradicionales y energéticas natillas con bizcocho poco antes de caer en la trampa de la “digestiva” tacita de queimada.
Ligeramente ebrios y extensamente gordos salimos del Mesón con la sensación de haber acumulado calorías como para hibernar dos años y gases como para cerrar el espacio aéreo europeo durante dos semanas – Me río yo de las cenizas volcánicas-.
En la, también tradicional, visita a los gentiles y hospitalarios padres de Toño, ponemos a prueba la capacidad muscular de la pared estomacal tomando otro cafecito, un licorcito y, algunos, hasta un bombón que, por cierto, nos recuerda que todavía debemos hacer una visita más al centro para comprar – cómo no- el chocolate terroso y las mantecadas típicas de la bella ciudad de la que por cierto, jamás visitamos la Catedral, salvo que esté confeccionada con elementos del ganado.
Con la excusa de que el último chupito de licor de café me sentó ligeramente mal, delego mi participación en el planner de conducción para la vuelta a casa confiando en que podré echar una siestecilla que aplaque mis ganas de morirme.
Pero el maletero que antes desprendía un sutil aroma a chorizo parece ahora una delegación del Matadero Municipal y tanto mis compañeros de viaje como yo apenas podemos reprimir unos pedos a medio camino entre el garbanzo y el repollo y unos regueldillos con sabor a chorizo conservado en alcohol. De esta me hago vegetariano, pienso mientras rememoro una imagen que por poco borra el resto de los recuerdos de tan estimulante viaje: Gimnasio Maragato, rezaba el cartel.
Llegados a este punto, el café y el donut ya han recorrido gran parte del camino inverso hacia mi garganta tal vez ayudados por el intenso olor a gasoil que dejó nuestra última visita a la gasolinera. Apenas podía distinguir las repetitivas construcciones maragatas de los últimos pueblos antes de llegar a nuestro destino embriagado por una desagradable sensación de mareo, naúsea y dolor de vientre. Pero lo peor estaba aún por llegar. La temida e inevitable entrada en la carnicería, que cedía amablemente a Marta antes de que el viaje se convirtiese en “cosa de hombres”, me hace involuntario espectador de un gore en 3D y Odorama. No sé si me desagrada más contemplar las piezas de carne sanguinolenta o el intenso olor a cadáver vacuno que invade una estancia adornada por media docena de ganchos de acero, afortunadamente libres de peso.
La impresión es relativamente menor que en otras ocasiones ya que habíamos realizado un pedido anticipado, de forma que los ochocientosmil kilos de picada, solomillo o morcillo previstos estaban convenientemente preparados en bolsas blancas relativamente discretas para los poco curiosos. Claro que David, que pese al increíble precio del material había gastado la mitad del salario mensual en piezas vacunas, todavía quiso regalarse un par de corderos lechales que, estos sí, fueron convenientemente cuarteados, momento en el que aproveché para salir, no fuera a ser que un burro nos aparcase en doble fila o algún peregrino hambriento en plena ascensión en el corazón del Camino de Santiago, se abalanzase cegado por el cansancio sobre el apetitoso maletero.
Cuando paso a cerrar mi cuenta, el carnicero me entrega una bolsa – esta sí, sangrante - en la que, se empeña en detallar, van las cabezas (con sus ojitos, lengüecitas y dientecitos) de los dos corderos que David se ha dejado olvidadas. No sé cómo consigo recorrer los cinco metros entre la tienda y David y entonces sí, necesito un poco de espacio para vomitar.
El camino de regreso a Astorga me resulta algo más llevadero al volante de la batidora – al menos soy yo el que provoca los bandazos y apenas me llega el olor de los arcones que viven en el maletero–. Una vez en la Emérita Augusta continúa el festival del consumo con la visita a nuevas carnicerías en las que son especialistas en chorizos, carne de buey y arreglos para el cocido. Veinte kilos de bolsas y un par de cañas después, nos apresuramos en cumplir con lo que ya se ha convertido en una tradición para el grupo de amigos que hacemos frente común en la Causa Carnívora Leonesa. Se trata, ni más ni menos, que de la ingesta de un descomunal cocido, con sus descomunales raciones de bola, oreja, tocino, morro, morcillo, chorizo, gallina, garbanzos, sopa… De entrada, el peculiar orden de los platos me descoloca –No me acostumbro a calcular el hueco que tengo que dejar para la postrera sopa – pero es que, además, engullimos como si el mundo fuese a acabarse esa misma tarde. El donut con café vomitado en la aldea al borde del Teleno queda tan lejos y el cocido me gusta tanto, que devoro casi hasta la loza del plato y, por supuesto, doy buena cuenta de las tradicionales y energéticas natillas con bizcocho poco antes de caer en la trampa de la “digestiva” tacita de queimada.
Ligeramente ebrios y extensamente gordos salimos del Mesón con la sensación de haber acumulado calorías como para hibernar dos años y gases como para cerrar el espacio aéreo europeo durante dos semanas – Me río yo de las cenizas volcánicas-.
En la, también tradicional, visita a los gentiles y hospitalarios padres de Toño, ponemos a prueba la capacidad muscular de la pared estomacal tomando otro cafecito, un licorcito y, algunos, hasta un bombón que, por cierto, nos recuerda que todavía debemos hacer una visita más al centro para comprar – cómo no- el chocolate terroso y las mantecadas típicas de la bella ciudad de la que por cierto, jamás visitamos la Catedral, salvo que esté confeccionada con elementos del ganado.
Con la excusa de que el último chupito de licor de café me sentó ligeramente mal, delego mi participación en el planner de conducción para la vuelta a casa confiando en que podré echar una siestecilla que aplaque mis ganas de morirme.
Pero el maletero que antes desprendía un sutil aroma a chorizo parece ahora una delegación del Matadero Municipal y tanto mis compañeros de viaje como yo apenas podemos reprimir unos pedos a medio camino entre el garbanzo y el repollo y unos regueldillos con sabor a chorizo conservado en alcohol. De esta me hago vegetariano, pienso mientras rememoro una imagen que por poco borra el resto de los recuerdos de tan estimulante viaje: Gimnasio Maragato, rezaba el cartel.
Monday, 26 April 2010
Más almas, como la de Rafa
Resulta que las guitarras, ignorante de mí, también tienen alma y no en el sentido metafórico. Se trata de una varilla que ayuda a modificar la curvatura del mástil en algunos instrumentos de cuerda. Como en la humana, es recomendable que en el alma de la guitarra sólo escarben los profesionales, habida cuenta de la extrema sensibilidad y consecuencias de cualquier reajuste. Sospecho que, de una u otra forma, las almas de guitarra y guitarrista tienden a entrelazarse estrechamente por lo que igual debería plantearme visitar también a Vicente a las sesiones de terapia para tratar de equilibrar los estados de ánimo.
- “Me trastea el rencor y creo que no afino correctamente en cuestiones de prejuicios”
- “Eso va a ser del puente, no te preocupes que te lo dejo nuevo en un par de semanas”
El caso es que, viendo la extraordinaria simbiosis entre Rafa y sus guitarras, estoy seguro de que la fusión es posible. La Godin burdeos que tan bien lloró y gimió el viernes pasado no sólo transmite la bondad de su dueño, también compensa esa timidez con la que uno no puede evitar simpatizar y hace justicia a una humildad que sólo tienen los grandes astros.
Friday, 12 February 2010
Quinientas almas

A mediados del siglo pasado un médico británico presentó un estudio que concluía que, en el momento de la muerte, el cuerpo humano perdía exactamente 21 gramos de peso, lo que le llevó a elaborar la esotérica, novelesca y cinematográfica teoría de que la pérdida de lastre corresponde al abandono del alma.
No tengo ni los conocimientos científicos ni la osadía de rebatir tamaña teoría, pero sí la humilde sensación de que mi cuerpo aloja un alma infinitamente más pesada.
Recientemente me contaron el desgraciado caso de un señor al que tuvieron que realizar una especie de liposucción post mortem para poder encajar su cuerpo sin vida en un ataúd estándar. Probablemente se trataba de un alma igual de estándar y que refrenda la teoría. Yo, que soy un cabezota irremediable, tengo curiosidad por saber qué aspecto tendré en el momento de mi muerte por que sospecho que podría perder aproximadamente la mitad de mi masa corporal, aunque a la hora de eliminar mis restos resultará bastante irrelevante ya que espero que se cumpla mi voluntad de ser incinerado.
El sueño, el estado humano más similar a la muerte, me resulta particularmente liberador y no exactamente en el sentido físico. Cuando me siento triste o presionado y el diabólico ritmo de trabajo me lo permite, me gusta dormir. Pero lo hago simplemente por la necesidad de escapar de mi mismo, de apagar el interruptor. Aunque no tenga sueño y haya dormido hasta las once de la mañana, tengo el superpoder de convocar esta especie de muerte en vida durante 48 horas seguidas. Si tengo la desgracia de que alguna inoportuna pesadilla interrumpe mi trance, utilizo mis poderes para volver a esta especie de suicidio temporal. Sólo entonces, mientras mis niños comentan asombrados la longevidad de mi reposo, me siento verdaderamente liviano. Yo creo que en tan gratos momentos no sólo es mi alma la que se emancipa, también salen de farra las otras que me atenazan día a día y que, por este concepto jesuítico de la culpa, acepto llevar conmigo sin que nadie me lo haya pedido.
Monday, 1 February 2010
Un día perfecto para el pez plátano

La artrosis llevó a Sybil a aquella playa 70 años después. Había reservado la 507, en el quinto piso. Antes de enfundarse el albornoz rastreó en busca de un aroma enterrado bajo miles de lavados. Bajó descalza al vestíbulo. El piano y la Sala Océano habían desaparecido. Paseó por el borde firme de la playa hacia el pabellón de los pescadores. No había castillos de arena ni clientes en esa época del año. Fuera ya de la zona reservada a los huéspedes del hotel escudriñó en su memoria antes de elegir un trozo de arena en el que depositar el albornoz plegado, primero a lo largo, y después en tres dobleces.
Cuando el agua le llegaba a la cintura, creyó sentirse sujeta por las suaves manos de Seymour. “Hace un día perfecto para el pez plátano”, pensó antes de perderse en la inmensidad del horizonte.
El jueves 28 de enero falleció J.D. Salinger tras sobrevivir 91 años al suicidio.
Monday, 25 January 2010
Por el culo te la hinco

Acababa de cumplir los 45 y podía considerarse un tipo afortunado. Es cierto que tuvo una adolescencia jodida al estar entre los 20.000 afectados por la enfermedad del síndrome tóxico servida en garrafas de cinco litros y cero escrúpulos. Tuvo que superar la muerte de su viejo, prematuramente fulminado por un ataque cardiaco quién sabe si provocado también por los efectos en sus arterias de la mayor intoxicación alimentaria que se recuerda en España. Un par de infartos con una intervención en la que hubieron de practicarle un triple bypass quizás fue también cuestión de diabólica estadística. Pero los médicos también concluyeron que era un hombre abonado a la suerte y rechazaron tajantemente cualquier tipo de minusvalía.
El miércoles, cuando su jefe le invitó a compartir taxi para acompañarle a la nueva sede del estudio, recientemente fusionado, también creía estar apoyado en el quicio de la suerte. La conversación durante el corto trayecto que les separaba de las nuevas oficinas fue trivial. El tiempo, la carga de trabajo, los nuevos proyectos, las sinergias ... Después de haberse sentido relegado ante el disgusto que provocó en la dirección su decisión de reducir la jornada con el noble objetivo de cuidar las arterias y quizás vivir unos añitos más, la jefatura le devolvía la palabra, incluso amablemente. Pero el trato entre iguales y la aséptica recepción del flamante edificio escondían de nuevo una perversa estadística. “Aquí te dejo con estos señores”, le dijo el jefe tras abrir la puerta de un infierno habitado por dos demonios disfrazados de abogados y la responsable de recursos humanos.
Esta vez el ratio de probabilidades era mucho más alto. “Uno de cuatro millones, vamos mejorando”, pensó.
Para los satánicos dueños de su destino, la cifra mágica de los cuarenta y cinco fue más que suficiente. Se había aficionado a los sondeos y, a sus cuarenta y cinco años, le dio por ponderar si cuarenta y cinco era una buena cifra. En un primer impulso habría descerrajado cuarenta y cinco tiros con un arma calibre cuarenta y cinco, pero se lo pensó cuarenta y cinco veces y decidió aceptar los cuarenta y cinco putos días por año.
A la vuelta optó por recoger en silencio el escritorio y dar de nuevo la cara a un destino que, estadísticamente, sólo puede mejorar.
Thursday, 14 January 2010
Nueve razones
En realidad yo nunca quise un perro. Marta, que por lo visto me conoce mejor que yo mismo, intuyó mis ansias de paternidad cuando me regaló a Tambor, aunque durante meses yo no sentí mucho más que pena y angustia por la enorme responsabilidad de criar y mantener a un bicho que olía a pis, tomaba biberón y se pasaba noches enteras gimiendo como un violín en manos de un novato.
Tampoco quería un segundo perro, aunque Marta también entrevió en mi capacidad cognitiva la conveniencia de adoptar un segundo perro que mitigase nuestras largas ausencias y sustituyese el reloj envuelto en la manta por un latido real.
Pero los miedos y las preguntas de los niños cuando Gus murió aplastado por el cáncer y la pena unos meses después de la torsión de estómago que nos llevó a sacrificar a Tambor me llevaron, quizás, a adelantarme a la visionaria Marta y traer a casa a nuestra actual perra.
El hecho de elegir una hembra no fue irreflexivo. Buscaba un poco menos de testosterona para evitar encontronazos, no tanto con otros perros, como con sus caseros humanos. Pero, cuando pensaba que por fin había encontrado por mí mismo las ganas o el poder de decisión, descubrí que en realidad se me había olvidado lo más importante. Mani tenía que ejercer, obviamente, su condición de hembra.
Traté de creer que en realidad no quería de ninguna manera soportar una gestación y sobre todo la cría de un puñado de despiadados esfínteres libres y roedoras fauces en una casa que, por otra parte, acababa de sufrir una reforma bestial. Pero en realidad, sí, coño, cómo iba a privar a la perra del instinto maternal y a los niños de enriquecerse con semejante experiencia. Cómo no me habría dado cuenta. Yo, que ni siquiera pude contemplar el nacimiento de ninguno de mis hijos y que me mareo con la simple visión de una herida, contemplé durante nueve larguísimas horas el agonizante parto de Mani. Nueve cachorros, nueve cordones cortaros de un certero mordisco, nueve bolsas, nueve placentas, nueve brotes de sangre...
Y sí, claro, los niños contemplaron alguno de los nacimientos, han conocido las maravillas de la naturaleza, se han sorprendido con el instinto protector de Mani, han cambiado su consideración sobre la perra....
Pero también han sufrido el lento desfile de los cachorros a otras casas, la despiadada presión sobre una perra que ha pasado de gacela a vaca lechera, la infinita capacidad intestinal de las dulces bestias y, sobre todo, un hedor que ni siquiera las Rindra, Ljuv, Tjlavi y otras quince velas impronunciables del puto Ikea son capaces de eliminar. Claro que, igual no conozco tampoco la capacidad de mi pituitaria, seguro que me dejo algo importante. Gracias Marta por guiarme en un yo que desconozco.
Friday, 25 September 2009
Envido al juego con 33

Estaba habituado a perder, pero no le gustaba. Subir la apuesta simplemente aumentaba el quebranto. Empezó a pensar que quizás el hecho de que jugase con cartas descubiertas en una mesa en la que todos tapaban sus naipes explicaba en parte su mala fortuna.
Friday, 14 August 2009
Big Brother Deluxe

Hace unos meses abrieron un restaurante junto al museo de escultura abstracta bajo el puente de Juan Bravo que, por cuestiones de logística, se ha convertido en nuestro comedor de referencia. Está a apenas 100 metros de la oficina y puedes comer razonablemente rápido y sano. Aunque el local es bastante angosto y cicatero con el espacio (llegamos a comer seis en una mesa justita para cuatro), abrieron una terraza amplia al aire libre. Resulta un poco más caro que la media de la zona, pero la desconexión y el divertimento están plenamente garantizados. Resulta que los habituales del lugar ofrecen un espectáculo acojonante, particularmente para quienes, como el niño Andrés y el resto de nosotros, en mayor o menor medida, no podemos evitar atender a las conversaciones ajenas.
Media docena de bronceadísimos jóvenes, casi con toda seguridad empleados en un banco de inversión, lucen sus inmaculados trajes en una mesa próxima a la nuestra. Unas pulseras de nudos, dos de ellas con un bordado imperfecto de la bandera de España, y un pelo ligeramente largo por atrás y peinado de lado se empeñan en demostrar que, pese a su oficio, son personas libres, a lo mejor hasta un poquito “jipis”. El más joven lleva la voz cantante, habla de un fin de semana increíble en el coto de su papi. No distinguimos con exactitud todos los tramos de la conversación, pero deducimos que le gusta más matar lombrices – tal vez fueran perdices- que comérselas. También que tan divertida actividad está reservada a los varones. “No hodasssss, no, no, mi chica se quedó en Madridddddd” “Las únicas mujeres que pisan el coto son las mucamassss”.
Con casi 40 grados a las dos y media de la tarde deciden quitarse las chaquetas – No lo oímos, pero lo han pactado, seguro, porque se levantan todos a una para realizar el mismo movimiento-. El cazador de lombrices lleva unos hermosos tirantes, como los de Gordon Gekko en Wall Street y comparte con el resto bonitos bordados con sus iniciales en la camisa.
Ya sin chaqueta, visiblemente más cómodos, viran la conversación hacia el fascinante mundo de los viajes. Se ve que el más dorado de ellos ha estado de vacaciones en Saint Tropezzzzzzzzzz. Comienza entonces una surrealista pelea de egos. Para nuestra sorpresa, el cazador de lombrices queda KO en la primera ronda tras cometer el fatal error de mencionar que una vez estuvo en Benidormmmm (Muy mal, chato, muy mal, mira que pasar del coto a Benidormmm). Uno de ellos se retira directamente, se ve que era el becado del IESE y no se atreve a confesar que pasó los últimos veranos remando en el lago del Retiro con ocasionales excursiones, tortilla en ristre, al Valle de los Caídos. Pero los cuatro que restan son duros, expertos en el cuerpo a cuerpo. - ¿Nueva York?. Pues toma Brno. ¿Iguazú?, pues trágate este República del Congo. Tras recorrer los continentes en un período récord, el más maduro se convierte en claro ganador. “El campo base del Everest, eso sí que es un “must””. Un upper cut de libro que deja tumbados a los tres contrincantes. Ya embriagado por el triunfo, decide lucirse. “El polo es otro must, nadie debería morir sin visitarlo” afirma dejando a los contrarios boquiabiertos y a nosotros, pobres paletos, preguntándonos a qué clase de polo se refería. El Frigo Pie, para Andrés, aunque Feli prefiere el mítico Drácula.
Por más que buscamos no hemos conseguido encontrar las cámaras, probablemente escondidas entre las plantas, las sombrillas o en las bandejas de los camareros. Por si acaso, nosotros usamos nombres falsos, no nos quitamos las gafas de sol e impostamos la voz cuanto podemos.
Wednesday, 12 August 2009
El Grito

Quebró el silencio y la rutina que acompañan mis largas noches de insomnio con un grito aterrador. Subí las escaleras de dos en dos para constatar que el motivo de su ansiedad era de carácter reservado. Envidié su desazón. Hace una eternidad que la bestia que vive en los sueños no me visita
Tuesday, 9 June 2009
¿Más té, más café?

En primera clase un par de ejecutivos con el éxito dibujado en el rostro apuraban las reservas de vino y marisco que transportaba el avión; un cuerpo de sinuosas curvas dormitaba en el asiento delantero adosado a una hembra treintañera. Tres azafatas, una por pasajero, se desvivían por hacer su viaje a bordo lo más placentero posible.
Una fina cortinilla separaba a los viajeros selectos de los de la clase turista. Aunque el espacio entre asientos apenas dejaba sitio para estirar las piernas, el Airbus-321 sólo estaba ocupado en una cuarta parte y la mayoría de los viajeros podían reclinarse cómodamente sobre dos o tres asientos. La pasajera del asiento 28 C tenía incontinencia urinaria, quién sabe si nasal, y visitaba cada 20 minutos el aseo situado en la parte central del aparato. El del 23 A estaba sufriendo uno de sus ataques de pánico, a pesar de la generosa dosis de Lexatin que se metió entre pecho y espalda. En la fila 14, una pareja trataba infructuosamente de acallar el llanto de un bebé que no iba para piloto. Dos filas más atrás, un anciano de gesto adusto pulsaba repetidas veces el botón de aviso de las azafatas encontrando en cada ocasión un motivo distinto para recordarles que la calidad del servicio dejaba mucho que desear y amenazarles con presentar una queja por escrito.
Amama y Manoah no estaban muy cómodos y aunque el resto del pasaje no habría dudado ni un momento en calificarles de salvajes, no se quejaban. Muy al contrario, daban gracias al cielo por poder hacer la primera excursión fuera de su pueblo hacia tierras más civilizadas. Aunque jamás se atemorizarían ante la presencia de un león enfurecido, un caimán sediento de sangre o una manada de elefantes, eso del avión y cruzar el océano les merecía bastante respeto y tenían el miedo y el frío metido en el cuerpo.
Una violenta sacudida en el lado izquierdo del avión desperezó a los viajeros más somnolientos.
- ¿Qué ha sido eso?, preguntó el inexperto segundo piloto estupefacto.- Parece como si hubiésemos chocado con un pájaro del tamaño de un caballo.
El anciano quejica no tuvo tiempo de abrocharse el cinturón de seguridad cuando se encendieron las luces de aviso; Su protestona cabeza chocó bruscamente con la ventanilla del avión. Haber pedido pasillo, cabrón, pensó una de las sufridas azafatas, décimas de segundos antes de caer de culo tras una segunda y aún más violenta sacudida.
Al joven del lexatín se le cortó durante unos largos segundos la respiración y sufrió taquicardia. La pareja protegió con sus cuerpos al bebé que, curiosamente, dejó de llorar ante lo que interpretó como una brutal muestra de cariño. A la pasajera del 28 C, cuestión de estadística, los temblores le cogieron en el servicio así que sobrellevó la situación dignamente castigando el tabique nasal con una dosis doble de polvo blanco. En primera, los dos ejecutivos, ciegos de vino y champán, apenas notaron el movimiento, las ventajas de viajar en business. La treintañera de curvas sinuosas se despertó sólo ligeramente.
Entretanto, Amama y Manoah vieron pasar un rápido documental de sus cortas vidas en blanco y negro en décimas de segundo.
- Les habla el comandante, disculpen las molestias, sólo han sido unas turbulencias. Pueden desabrocharse los cinturones, a continuación nuestro personal de vuelo les servirá una merienda.
El ambiente a bordo se hizo mucho más llevadero, la pareja con el niño dio las gracias a dios porque sólo hubiesen sido turbulencias, el anciano seguía medio adormecido como consecuencia del golpe, aunque a nadie le importó. El joven con crisis de ansiedad engañó los nervios comiendo ávidamente, mientras los dos ejecutivos rememoraron su época de tunos rondando a la somnolienta compañera de primera clase que, para tratar de frenarles, les dio una generosa propina. Las azafatas, servida la merienda y tras la preceptiva ronda adicional de ¿mástémáscafé?, se entretuvieron despellejando a la pasajera del 28 C, quien, ya ostensiblemente colocada, encabezó una sonora ovación para el piloto mientras el avión tocaba tierra.
Pocos minutos antes, nada más abrirse el tren de aterrizaje, los cuerpos congelados de Amama y Manoah cayeron a plomo sobre la pista del civilizado aeropuerto.
Wednesday, 27 May 2009
Para los caballeros es imprescindible el uso de americana y corbata

Los que me conocen mínimamente saben que no soy muy dado a las formalidades. El protocolo, como tantas otras reglas sociales, me provoca un rechazo casi irracional. Aún así, el martes decidí afeitarme y me puse uno de los tres trajes que tengo a sabiendas de que, al menos en mi oficio, es relativamente imprescindible cumplir con un mínimo de preceptos y, desde luego, en ocasiones hace el trabajo mucho más sencillo. El grado de convencimiento no era suficientemente fuerte como para obligarme a sacar del cajón de los inservibles una corbata, la prenda que más detesto y en mi modesta opinión, una de las creaciones más absurdas en la historia de la humanidad.
Eso sí, consciente de que la cita era de alto copete, conjunté razonablemente un traje gris claro de verano con un polo negro de hilo y unos cómodos pero aparentes zapatos de piel.
La cita, organizada por uno de los empresarios más representativos del país, se celebraba en el renombrado Zalacaín, un exclusivo e ilustre restaurante que presume de haber deleitado el paladar de monarcas, políticos, “premios nobel” y otras grandes personalidades.
Aunque García Márquez – premio Nobel de literatura, por cierto - lo considera “el mejor oficio del mundo”, yo soy plenamente consciente del concepto de “canallesca” que en términos generales se tiene de la clase periodística en España. Por eso estoy más que acostumbrado a los prejuicios y me niego a jugar a ser quien no soy. Muchos de nosotros nos vemos inevitablemente arrastrados a las realidades que cubrimos al sentirnos erróneamente parte de los universos en los que nos movemos exclusivamente en el ejercicio de nuestra profesión. En mi caso, todavía acierto a distinguir el apretón de manos, el chascarrillo o la afabilidad de un financiero, político o primer ministro cuando se dirige a la clase periodística como si fuesen antiguos compañeros de colegio. Pero se sorprenderían de la cantidad de compañeros que he visto reconvertirse sin remedio en pseudobanqueros.
La reunión del martes, una tradicional cita de confraternización que realiza anualmente la empresa en cuestión con la clase periodística, es una de esas en las que sabes que, aunque sin compromisos, hay que mantener un cierto formalismo. Es por eso que, pese a mi tendencia al descuido en el vestir, acudí elegantemente presentable a la cita, dentro de la subjetividad asociada al término “elegante”.
Aparqué mi motocicleta convenientemente alejada de la puerta de esa grandiosa casa de comidas que debe su nombre a la inmortal obra de la picaresca imaginada por Pío Baroja – por cierto, con una extensa labor periodística -. Dejé el casco y la cazadora en el maletín trasero, me atusé los cuatro pelos que todavía me quedan y, enfilé decididamente las escaleras de la entrada. Mi primera sorpresa fue no recibir respuesta alguna a mis “buenas noches” de parte de una señora que me recordó a la inquietante ama de llaves de Rebeca. Tras hacerme un repaso visual digno de un jurado en un festival de belleza y constatar que no llevaba arma alguna en las manos, la señorita Rottenmeyer me inquirió: “¿Dónde va usted?”. Su actitud me produjo un suave calambre cerebral que me transportó por un momento a mi época de estudiante cuando pretendías entrar “sin invitación” en determinadas salas de fiesta. “Voy a una recepción organizada por XXXX”, dije con timidez. “Pues no se puede pasar sin corbata”, me contestó mientras constataba que el blando cuello de mi polo de hilo difícilmente aguantaría el nudo, ya fuera windsor o cruzado, de la pieza de seda que sin duda estaría dispuesta a prestarme. “No hay ningún problema, señorita”, dije sin alterarme y desanduve mis pasos . Pude haber pedido que avisara a X o Y, o tratar de explicar a esa maestra del protocolo que estaba invitado por un grupo que había cerrado el restaurante y que, por lo tanto, entendía que estaba sujeto a otras reglas. También pude haberme entretenido en explicarle que ni siquiera había constatado mi identidad ni la del medio al que representaba. Pero ¿saben qué?, creo que aquel día me dejé la humildad en casa, con la corbata. De repente me llenó una placentera sensación de conciencia de clase. Me enfundé la ropa de la moto y enfilé la A-6 reflexionando sobre lo jodidamente incomprensible que es este mundo en el que convivimos con muchos talibanes que se niegan a salir del armario.
Tuesday, 19 May 2009
Chau viejo

Pasatiempo
Por Mario Benedetti
Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía.
Luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque un océano
la muerte solamente
una palabra.
Ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros.
Ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.
Monday, 4 May 2009
Extranjero de sí mismo

Era la primera vez que no se reconocía en el espejo. Hubo muchas posteriores, pero ninguna le produjo tal conmoción. La preocupación que le atenazaba hacía tiempo se convirtió definitivamente en pánico. Hacía unos meses que estaba experimentando una extraña sensación de aislamiento impropia de su carácter vehemente e inexorablemente comprometido. Los primeros días la percepción le produjo más que nada desorientación, incluso pudo disfrutar de un cierto placer al observar la falta de reacción a situaciones que normalmente recibían una respuesta muy pasional de su parte, incluso excesiva a juicio de algunos para un organismo demasiado acostumbrado a problemas digestivos y tensionales. Pero, con el paso de los días, el nuevo carácter fue soldándose tenazmente a su temperamento y acabó por convertirlo en un extraño para sí mismo. Se veía totalmente ajeno a las vivencias que experimentaba su cuerpo. Los sentidos apenas le pertenecían y empezó a ver como desconocidos al restringido grupo de quienes consideraba cercanos. Estaba fuera de las conversaciones y más lejos aún de las discusiones que habían forjado su vida y relaciones. Se sintió desterrado de su propio cuerpo y cada vez realizaba visitas al baño con mayor frecuencia con el objetivo único de que el espejo le devolviese una imagen de sí mismo que era incapaz de recordar sin ayuda. Aquel día, cuando sus padres, mujer, hijos, hermanos y compañeros le devolvieron un gesto socarrón desde el cristal del baño creyó morir. Pero poco después lo entendió todo. Aquel cuerpo se había convertido, por fin, en el hombre que tanto anhelaban los suyos y lo mejor era dejarse llevar.
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