A principios del siglo XVIII, en España, un mercader genovés intercambió un cofre de estaño por un par de metros de seda. Aseguró al comprador que la pequeña caja contenía dentro una riqueza que para sí querrían muchos reyes. Le advirtió que no debía manipular el cofre sin obtener las tres llaves de plomo que estaban dispersas por otros tantos puertos del viejo continente bajo la amenaza de una maldición que arruinaría su vida y la de su familia. Ante la perspectiva de un rápido enriquecimiento, el comerciante liquidó sus propiedades textiles y se embarcó en busca de las ansiadas llaves. Siguió los consejos del vendedor y, el primer mes encontró en una localidad francesa una de las llaves, por la que tuvo que desembolsar, en monedas de plata, más de tres veces lo que le había costado el cofre. Pero gastó todo su capital en sus viajes posteriores sin hallar rastro alguno de las otras llaves. Tuvo que enrolarse en tripulaciones de mala muerte para poder viajar y vivir de la caridad del prójimo hasta que se decidió, al borde de la muerte, por vender el cofre y la llave, en un único paquete, a un noble británico con las pupilas doradas de tanto contar monedas de oro.
El noble decidió dar un giro al negocio y vendió por separado cofre y llave a dos personalidades relevantes, dando su garantía personal de que era posible conseguir las cuatro piezas del puzzle siempre que uno tuviese una fortuna suficiente para sufragar los gastos derivados de la búsqueda y la compra misma de los bienes.
El nuevo propietario del cofre, experto en técnicas de enriquiecimiento, contrató los servicios del mejor cerrajero londinense, pero no pudo dar con el molde capaz de reventar las cerraduras, así que vendió a un emergente banquero de las Américas la caja ya algo deteriorada. Mientras tanto, las llaves circularon entre distintos propietarios de avaricia e intenciones similares multiplicando sensiblemente su valor.
Los descencientes del banquero americano siguieron la tradición de sus ancestros y, con el paso de los años, en el impresionante patrimonio familiar figuraban, sin figurar, claro está, una roñosa caja y un par de llaves de plomo que se ajustaban a dos de las cerraduras.
Una mañana otoñal, en el rastro madrileño, un anticuario aseguraba en un espartano pero correcto inglés que la llave que sostenía en sus manos valía mucho más de lo que costaba. Mr. Jones descorchó la mejor cosecha de borgoña que albergaba su extensa bodega, un Romanée Conti del 96, y se recreó en la degustación antes de disponerse a abrir el ansiado cofre, con el que habían soñado cientos de personas antes de él. Introdujo las tres llaves girando dos cuartas las dos primeras y una vuelta entera la cuarta. Le excitó sobremanera el ruido del cerrojo al quebrarse. Dudó unos instantes, se sirvió otra copa de vino. Destapó el cofre, lo miró estupefacto unos instantes. Se echó a reir. Volvió a cerrarlo y tiró una de las tres llaves por el retrete. Al día siguiente vendió el cofre a un jeque árabe, una llave a un conocido directivo de un banco de inversiones estadounidense y otra a un grupo de inversores austriacos. Obtuvo plusvalías desorbitantes mientras garantizaba confidencialidad a los compradores. Se juró a sí mismo que jamás desvelaría el contenido de aquel cofre de estaño cuyo valor de mercado excedía, con mucho, el terrenal.
Thursday, 30 January 2014
Tuesday, 21 January 2014
LA ALTERNATIVA
La tarde estaba completamente encapotada y bien entrada en agua y el tendido no prestaba demasiada atención. Pero Manuel, el toto, vio el cielo abierto y se movió firme, muy torero, hacia la parte central del ruedo. Había soñado montones de veces la faena que le abriría mil puertas grandes, pero apenas llegaba el momento en el que le dejasen entrar por las pequeñas.
Se pasó dos días enteros observando el ganado. Había tenido tan pocas oportunidades, que no conocía personalmente a los toros. Aunque los había visto reaccionar en cientos de ocasiones siempre fue con la muleta en manos de otro. Y claro, aquella carretilla de madera de andar chirriante y cuernos barnizados no tenía la nobleza ni la embestida ni la bravura de un encastado.
Venía de una larga dinastía de toreros, pero ninguno pasó de subalterno, quizás por eso tenía inflamadas las ganas de triunfar. Por eso y porque su familia, que si entendía de algo era de toros, le animó a no dejar los trastos y a malvivir como albañil, repartidor o pintor ocasional en espera de que un avispado empresario tuviese ojos para ver a un Manolete en potencia. Entrenaba a diario, tres horas en la Casa de Campo y un par en la escuela de tauromaquia y esperaba la composición de los carteles como quien aguarda una sentencia de muerte. No aprendió de las promesas tantas veces incumplidas y confió un año tras otro en colarse en alguna de las numerosas ferias que se celebraban en su comunidad.
Pese a las ganas, cuando le llegó el momento tenía miedo, para qué negarlo. No iba dispuesto a dejarse matar, pero sí a morir. Sólo pensaba en gustar, en gustarse. Aunque apenas había comido, un puñado de gusanos escarbaban su estómago mientras un emergente ardor pedía paso entre la boca de esófago y la garganta.
Empezó templado, dominando, como mandan los cánones. Midió bien las distancias, con la mirada, bien colocado. Se deleitó con un par de verónicas, algunos redondos magníficamente ligados y un par de chicuelinas bien medidas. Se creció, toreó en las tablas, de rodillas, a izquierdas y derechas, sin atender al jolgorio exterior, al viento casi huracanado ni a la lluvia.
Sonó un aviso, luego otro, y otro más cuando un subalterno de azul y plata con la montera de plato hizo un meritorio quite justo en el momento en que el renault cinco, negro zahíno, astifino y bravucón embistió con furia y a punto estuvo de arrancarle la taleguilla tras un largo pase de pecho.
Desde aquella acelerada faena esquivando automóviles en la salida de Ventas de la M-30 nada volvió a ser lo mismo. Un escalofrío de satisfacción recorría su espina dorsal cada vez que sus compañeros del centro psiquiátrico le gritaban: "Torero".
Se pasó dos días enteros observando el ganado. Había tenido tan pocas oportunidades, que no conocía personalmente a los toros. Aunque los había visto reaccionar en cientos de ocasiones siempre fue con la muleta en manos de otro. Y claro, aquella carretilla de madera de andar chirriante y cuernos barnizados no tenía la nobleza ni la embestida ni la bravura de un encastado.
Venía de una larga dinastía de toreros, pero ninguno pasó de subalterno, quizás por eso tenía inflamadas las ganas de triunfar. Por eso y porque su familia, que si entendía de algo era de toros, le animó a no dejar los trastos y a malvivir como albañil, repartidor o pintor ocasional en espera de que un avispado empresario tuviese ojos para ver a un Manolete en potencia. Entrenaba a diario, tres horas en la Casa de Campo y un par en la escuela de tauromaquia y esperaba la composición de los carteles como quien aguarda una sentencia de muerte. No aprendió de las promesas tantas veces incumplidas y confió un año tras otro en colarse en alguna de las numerosas ferias que se celebraban en su comunidad.
Pese a las ganas, cuando le llegó el momento tenía miedo, para qué negarlo. No iba dispuesto a dejarse matar, pero sí a morir. Sólo pensaba en gustar, en gustarse. Aunque apenas había comido, un puñado de gusanos escarbaban su estómago mientras un emergente ardor pedía paso entre la boca de esófago y la garganta.
Empezó templado, dominando, como mandan los cánones. Midió bien las distancias, con la mirada, bien colocado. Se deleitó con un par de verónicas, algunos redondos magníficamente ligados y un par de chicuelinas bien medidas. Se creció, toreó en las tablas, de rodillas, a izquierdas y derechas, sin atender al jolgorio exterior, al viento casi huracanado ni a la lluvia.
Sonó un aviso, luego otro, y otro más cuando un subalterno de azul y plata con la montera de plato hizo un meritorio quite justo en el momento en que el renault cinco, negro zahíno, astifino y bravucón embistió con furia y a punto estuvo de arrancarle la taleguilla tras un largo pase de pecho.
Desde aquella acelerada faena esquivando automóviles en la salida de Ventas de la M-30 nada volvió a ser lo mismo. Un escalofrío de satisfacción recorría su espina dorsal cada vez que sus compañeros del centro psiquiátrico le gritaban: "Torero".
Wednesday, 15 January 2014
Virus
Se caía la Bella. El no pagó entrada, ni pidió permiso,
pero visitó sus intestinos con intención de romper la noche. Bailó como un
demente entre sus estrechas paredes. No encontró pareja, pero sus violentas
sacudidas hicieron que el resto de los clientes saliesen precipitadamente. Los
más próximos a la entrada, por la puerta y los más lejanos, por la ventana.
Se caía
Balú. Bajó hasta el cuarto de calderas y manipuló el termostato de su pequeño
cuerpo hasta hacer subir la temperatura muy por encima del rojo. No se podía
estar en el salón, tampoco en el baño, ni en la entrada. Se inflamó el porche,
se derritieron las ventanas.
Se caía
Mowgli. Fue a buscar algo de merca al barrio chino y entró a saco en el
callejón de los sueños. Invitó a un tripi a Walt Disney y proyectó sus visiones
sobre las frágiles paredes de las neuronas. Puso a desfilar a la Bella, a
Mowgli y a Baloo por el patio de la guarderia, con el trazo distorsionado y al
borde de un precipicio inexistente.
Se caían
papá y Mamá. Se levantó guerrero, con ganas de bronca, así que se dió de
hostias con cuantos se cruzaron en su camino. Se deshizo primero de una
pandilla de gramos enclenques. Después aplastó a otros que plantaron algo más
de cara y finalmente, envalentonado y con el vigor que da el triunfo, se
atrevió con algunos kilos a los que también acabó despachando.
Papá
salvará a Mowgly, Balú, la bella y mamá, no te preocupes cielo.
No, se
caía papá.
Ya,
pero como papá es muy fuerte no se hace daño.
Vio el
cesped virgen, recién abonado, de sus sentimientos y no pudo resistir la
tentación de pisotearlo. De paso, embarrado hasta las cejas, buceó en las
cristalinas aguas de sus recuerdos.
Carmen,
mala. María, mala.
No, hija, tú eres buena y Carmen
también, el que es malo es el hijoputa del virus este que te está consumiendo.
Wednesday, 25 September 2013
Aliénate
Siente tu respiración, acompásala con los latidos, cierra los ojos, relaja los músculos y escucha: no juzgues, prejuzgues ni reflexiones, relativiza, no mires al vacío, estrangula a tu instinto, tápale la boca a los sentimientos, concéntrate en lo banal, no preguntes, siéntate en la rutina y sonríela, no te anticipes, deja que te lleve la corriente, fúndete con tu entorno… camina y vive puto zombi
Wednesday, 7 August 2013
Au revoir
Creo que nunca hasta ahora había sido consciente con tanta contundencia del concepto elástico del paso del tiempo. Diez meses: un embarazo largo, un curso escolar, una misión espacial, un noviazgo, unas prácticas, una lavadora pagada a plazos, 15 años perrunos…
No sé cuántas sonrisas, enfados, ilusiones, desengaños o enamoramientos me voy a perder, prefiero pensar que sólo tendré que contemplar diez lunas llenas, esperar dos celos de Leela o dejar pasar una temporada de El Mentalista.
Lo peor es lo mucho que tendré que esquivar para hacer más llevadero el viaje. Las canciones casi siempre tristes que tocamos juntos, las pelis o series en las que compartimos nuestro amor por el cine, los grupos que te apasionan, las cruentas partidas de tute o Monopoly… Sí, procuraré excusar todas esas cosas que me recuerdan a tí, pero sospecho que no podré evitar verte en cada tenaz convicción materna, en los hábitos más rutinarios de Zoe, en el sentido del humor de Oli, en las ocurrencias de Diego… Estoy pensando en hacer un cuadrante de turnos para repartir la nostalgia entre todos o incluso aprovechar el trozo de ti que se queda en cada uno de nosotros para suplantarte por etapas durante estos diez ciclos lunares.
No sé cuántas sonrisas, enfados, ilusiones, desengaños o enamoramientos me voy a perder, prefiero pensar que sólo tendré que contemplar diez lunas llenas, esperar dos celos de Leela o dejar pasar una temporada de El Mentalista.
Lo peor es lo mucho que tendré que esquivar para hacer más llevadero el viaje. Las canciones casi siempre tristes que tocamos juntos, las pelis o series en las que compartimos nuestro amor por el cine, los grupos que te apasionan, las cruentas partidas de tute o Monopoly… Sí, procuraré excusar todas esas cosas que me recuerdan a tí, pero sospecho que no podré evitar verte en cada tenaz convicción materna, en los hábitos más rutinarios de Zoe, en el sentido del humor de Oli, en las ocurrencias de Diego… Estoy pensando en hacer un cuadrante de turnos para repartir la nostalgia entre todos o incluso aprovechar el trozo de ti que se queda en cada uno de nosotros para suplantarte por etapas durante estos diez ciclos lunares.
Wednesday, 8 May 2013
Excursión
La tortilla emparedada en pan rústico acababa
de cuajarse perfectamente abrigada en el papel de plata. Descansaba junto con
un zumo de naranja sin azúcares añadidos, un par de servilletas, un yogurt
líquido, una libreta y un Faber Castle afilado en una mochila diez veces revisada.
Pero no fue capaz de enlazar dos horas de sueño seguidas, su sistema nervioso acusó recibo de la
excitación por la primera excursión del curso y generó una pequeña crisis de ansiedad
provocando una docena de visitas al baño. Duchada y en intachable estado de revista a
las seis de la mañana, se entretuvo repasando la regla del uso de la eme y la
ene y practicando en voz alta la pronunciación de la equis sin llegar a entender
del todo aquello del fonema combinado k+s.
Aunque siempre me enternece ver cómo
gestionan mis niños la agitación que les provoca cualquier hecho mínimamente inusual,
mientras me saluda enérgicamente desde la primera fila del autobús me pregunto
si no debería solicitar cita con el profesor para asegurarme de que el
entusiasmo de mi madre, a sus 71 años, no es un poco excesivo.
Monday, 8 October 2012
Agorafobia
Se empeña con las ganas de un demente en
encarar una y otra vez el laberinto, aún
a sabiendas de que el éxito jamás le permitirá salir al exterior, ni siquiera saborear
el rancio trozito de queso por una irónica
intolerancia a la lactosa. Pero en cada acometida cumple con lo que se espera
de él y elige una ruta alternativa como si empezase una nueva vida. Con una
disciplina militar, cada noche dedica unos minutos a repasar mentalmente los
pasadizos antes de caer en un profundo sueño en el que a menudo su espíritu
tampoco puede resolver el jeroglífico vital. Acurrucado en un rincón del salón bajo
la mesilla roe ferozmente el hueso de un melocotón mientras lamenta su perra suerte.
Thursday, 8 March 2012
Feliz San Antón
No me cuesta mucho ausentarme, pese a estar presente. Supongo que la combinación de los chiles hindús y el vino ayudan considerablemente a la tarea. Salgo al balconcillo a fumarme un cigarro y mi espíritu decide seguir al raso, contemplándote, a todos vosotros, a través del fino cristal que separa la estancia perfumada y bienaventurada de la umbría, fría y pestilente realidad de la judería madrileña.
Estás particularmente guapa esta noche, pero lo estáis todos, ahora que me fijo. Todos tan guapos, tan inteligentes, tan vivos, tan… humanos. Me gusta, de verdad, ver cómo te diviertes, cómo intervienes en las conversaciones, cómo practicas tu inglés, cómo interactuáis con naturalidad.
Por mi parte, aunque mi cuerpo se adapta, me siento mucho más cerca de esa perrilla medio perdiguera que sueña con cazar conejos mientras vive algo ajena una fantasía domesticada rezando por adormecer esos instintos que la empujan a perseguir las palomas que pasean libres por la Plaza de Cascorro, por no defecar en la cerámica decimonónica, por no desairar, en definitiva, a sus esforzados dueños.
Hace pis nada más salir del portal y me mira deseando que haya captado su disposición. Corre tanto como se lo permite la correa extensible de 15 metros acostumbrada ya al adoquinado sendero del barrio olfateando en las alcantarillas, lo más parecido a una madriguera que puede encontrar en la dehesa urbana. Es entrañable, casi adorable, es fácil cogerle cariño, pero es un verdadero asco recoger su caca de la calzada.
Te entiendo mejor, regreso apresuradamente a la mesa decidido a formar parte de ese mundo que habitáis los seres humanos. Reparas en que te estoy observando y piensas. “joder, otra vez querrá cagar; si le acabo de sacar”.
Friday, 13 January 2012
La cruda realeza
Una blancanieves gitana aprieta contra su pecho infantil un bebé rubio platino con los mismos ojos gelatina de los gemelos arios que mece compulsivamente otra prematura madre calé en un doble carrito rosa fucsia. La cenicienta ya tocada por el hada prepara un guiso invisible de punta en blanco sin mandil en una cocina plástica apoyada en la verja de una cancha en la que media docena de promesas del balón multirraciales sortean con una habilidad imposible los giros de patinadores y ciclistas noveles. Un yonqui treintañero está a punto de ser atropellado por el primer Ferrari eléctrico que surca las aceras de Orcasur en una soleada mañana de reyes.
Friday, 7 October 2011
Under pressure
“Tío, esto tenemos que acabarlo ya, porque los de KPMG nos están metiendo a lot of pressure”, oigo decir a un tipo dentro de un traje gris marengo a través de su blackberry plateada. Me estoy haciendo mayor suddenly, porque esta especie de bilingüismo se extiende por todas las capas sociales sin remedio y yo no me cosco de nada. En cualquier conference call de mi workplace, al menos una de cada diez palabras se usa en inglés, da igual que tengan traducción sencilla o no y que todos los asistentes estén más próximos al continente africano que al mundo anglosajón. Que si los objectives, que si el focus, que si el target, que si el looking forward. Me gustaría integrarme, de verdad, pero sólo se me ocurren sentencias absurdas. Del tipo “Ustedes me disculparán, pero tengo que ir al bathroom because me cago vivo”.
“Voy a parar un ratín a comerme una Apple”, dijo hoy un tipo en mi oficina antes de zamparse con ansia su MacBook Air en memoria de Esteban Trabajos.
Tuesday, 16 August 2011
¡Todo Tuyo!
Un par de monjas carmelitas vende Kleenex en la acera de los impares de la calle Atocha. Unos metros más abajo, un grupo de peregrinos riega con agua sucia los parabrisas de los vehículos en el semáforo de la Glorieta del Emperador Carlos V. En la Cuesta de Moyano, paramilitares bajo la apariencia de Boy Scouts revisan los bajos de los feligreses en busca de artefactos explosivos. Capitanes con alzacuellos navegan por almas revueltas en veleros de contrachapado que tiñen de blanco inmaculado el Jardín del Buen Retiro. Un nutrido grupo de “papaflautas” armados con bongos, bandurrias y guitarras ofrece una selección actualizada de los grandes éxitos eucarísticos acampado en uno de los polideportivos o colegios ocupados por la visita del Papa. Las ratas tratan sin éxito ocultar su hambruna en las cloacas, desbordadas por una avalancha inexplicable de yonkis, rojos, putas, mendigos, librepensadores, abortistas y maricones.
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